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jueves, 15 de marzo de 2012

Cuando a uno le da impresión


(un fragmento real)

-¿Algún problema señor agente?- Imagínate en estas, metido en tu carro, acabado de parar en un retén relámpago del Transito a medianoche. Justo por el sector desolado donde te sueles escabullir de la autoridad, a pocas cuadras de tu casa, a punto de coronar.  
- Los papeles del carro por favor.- Imagínate ahora al guarda de tránsito como te apetezca, pero imagínatelo pidiendo los papeles con displicencia, como quiera que te imagines esa sensación, pero con displicencia. Si no sabes lo que significa displicencia, consulta en el diccionario, o invéntatelo pero con displicencia ante todo.
-  ¿Pasa algo señor agente? Los papeles están al día… - le preguntas y le explicás al tiempo.
El agente se aleja de la ventanilla, haciendo caso omiso a tu frase. Mientras da unos pasos lentos en círculo, le murmura algo al radioteléfono y espera. Inclinando el cuello, acerca su oído al parlante del aparato. Sólo se escucha como respuesta unos mensajes nasales inentendibles, con mucho ruido en la transmisión. El agente voltea y da la espalda un eterno minuto. Y luego regresa decidido y con una expresión torva, levemente dibujada.
-¿Hay algún problema señor agente? Lo papeles están al día…- Le explicas otra vez, como rindiendo cuentas, haciendo énfasis en tu inocencia de lo que sea que conspire contra ti o de lo que sea que te estén acusando, como tratando de justificar una culpa.
- Pues los papeles sí, pero el carro no.
-¿Cómo así?, le preguntas por acto reflejo, pero sabes que la cosa no pinta bien.
- Mire, le voy a contar un historia- dice, y esta vez imagínate al agente con malicia- resulta que por este sector ronda un conductor, manejando lo que nosotros llamamos carro fantasma. ¿Qué es un carro fantasma, se preguntará ud? Y yo le respondo: Es uno de esos vehículos automotores que ya tienen sus añitos, pero viejitos y todo llevan su tiempo ruleteando y no paran, siguen dando vueltas por ahí, pasa de dueño en dueño, y de tanto venderlo, se pierde de nuestra central de información… 
- Si, -dirás- ¿Muy bueno todo eso, pero que tiene que ver conmigo?- Preguntarás algo molesto, pero contenido para no torear el hormiguero…
Y sin embargo, sin determinarte siquiera, el agente continúa…
-Resulta además que esta situación lleva por lo regular a estos autos fantasmas a que se tomen confianza. Se exceden en cometer infracciones al código de tránsito… Por ejemplo, aquí en el sector hay un carro que tiene como 68 fotomultas acumuladas por todo lo que se pueda imaginar… Desde pasarse semáforos en rojo a diestra y siniestra, pasando por contravías, hasta exceso de velocidad.
- ¿Terrible?- dirás fingiendo comprensión, tratando de lograr cierta complicidad, siguiéndole el juego para que te tire pasito si encontró algo anómalo contigo, si se enamoró de tí, si está pidiendo su serruchazo, o si, simplente, te la quiere montar...
- ¡Terribilísimo!- dice entonces el señor agente…- Pero lo más grave no es eso, lo más grave es por mucho que hemos tratado de rastrearlo con nuestras cámaras, cuando éstas lo ponchan, ya está cometiendo una nueva infracción para el ampliar el fajo de multas y se desvanece… hemos tratado de buscarlo por todos los rincones; no sabe los ingentes esfuerzos que hemos hecho para dar con el paradero de este moroso conductor y su auto fantasma, pero son realmente ingentes…
- ¿Sí y cómo lo cogieron?- preguntas interesado.
- Pues de la manera más boba del mundo… verá usted, el tipo simplemente cogió la derecha de la vía, de puro aventajado para tratar de adelantarse en un taco, y se encarriló solito al retén…
- Como quien dice que se metió en la boca del lobo.- le dices.
- Así mismo, entonces yo simplemente le pedí los papeles para verificar antecedentes por rutina... es más, estuve a punto de dejarlo pasar al ver ese carrito tan destartalado, pero más me pudo la costumbre que la compasión y llamé a la central por no dejar...  entonces me salen con qué, precisamente, este era el famoso carro fantasma que ya habíamos tratado de rastrear día y noche; el mismo al que le mandamos talonarios completos de fotomultas a direcciones equivocadas y nos aparece así: de papayita, sin mover un dedo. Cuando ya ni lo buscábamos, nos cayó servido en bandeja de plata... 
- ¡Ni el más de malas!    
- Eso digo yo, ni el más de malas. Así que le pido caballero, que se baje del carro, y váyase derechito, donde la compañera del fondo, que ella le va a entregar del prontuario de multas acumuladas, mientras yo le diligencio la respectiva retención de su vehículo.
 - Pero cómo así, yo no…- dices confundido, chapaleando, como cuando a uno le da impresión.
- ¿Su carro es TKE 763? Daewood cielo violeta, ex taxi, modelo 96.
- ¡Si!... Pues no hay más que de decir, me colabora tan amable y se dirige hacia la compañera del fondo que ella le va a iniciar el respectivo proceso… por favor colabore, caballero… Y muchas gracias, siquiera apareció porque ya me estaba creyendo que el carro si era fantasma de verdad… Con decirle, que para nosotros usted, aunque no lo conocíamos, ya era toda una celebridad... ¿Sabe qué mejor?
- ¿Qué, me va a dejar ir o qué?- dirás al advertir su simpatía- colabóreme que yo le colaboro- replicas, rozando la yema de los dedos en señal de que podrás ligarlo.
-¿Sabe qué?… voy a omitir sus insinuaciones, y no le voy a hacer esta infracción por intento de  soborno, pero sólo si se toma una foto conmigo…
- ¿Cómo que una foto?... ¿Otra fotomulta?…
- No ninguna fotmulta, una para el recuerdo… es que casos como usted no se encuentran todos los días. Tanta inconsciencia, tanto comparendo represado, yo todavía no entiendo cómo es que le dan el pase a gente como usted… Por eso venga hombre, relájese y échese a la pena que ya no hay nada que hacer… (Llamando a otro azulejo guarda de tránsito) Correa, Correa, vení y tomame una foto con este man… (Te enceguece el relámpago del flash de la cámara,  sientes la opresión en el hombro con el abrazo del agente) y luego…
-¿Adivinen quién es?- le pregunta el agente que te sostiene fuerte con un abrazo, al agente Correa que hace el fotoestudio.
- ¿Quien, yo a este no lo distingo, no tiene cara de salir en televisión?
- No sale en televisión pero es nada más y nada menos que el famosísimo conductor del carro fantasma de Belén.
- No puede ser…
- Pues es… Ya lo verifiqué con la central.
Entonces el agente Correa le pide a otro agente que les tomé una foto a los tres juntos. Vos en la mitad, por supuesto. Después los demás se acercan lentamente, todos vestidos de azul, intrigados por saber cuál es el rostro del conductor fantasma, por despejar esa incógnita por fin, que los tuvo en vilo y especulando mientras se represaban las fotomultas y se devolvían de domicilios equivocados. Todos piden que poses como una celebridad fotomultada para sus fotos, y te encienden a flashazos, con la misma cámarita digital que usan como evidencia de las infracciones y apoyan el levantamiento de sus croquis.  
De repente, el retén toma un ambiente festivo, relajado. Los carros que vienen avanzando en operación tortuga, aprovechan el descuido de los agentes para esfumarse silenciosa y rapazmente en otros carriles; deslizándose como luces en la noche. Con todos te tomas fotos, menos con ella. La agente de tránsito que te "a-guarda" para recordarte todos aquellos deslices y pecadillos que cometiste a hurtadillas, acolitado por las sombras de la noche y justificado por el afán, la premura, la adrenalina, la sensación de vértigo, el cansancio, el estrés y demás pretextos que surgen cuando te vuelas un semáforo en rojo, te atraviesas en una cebra, te robas una calle en contravía o te dejas llevar por la excitación que da hundir el acelerador a mil. Y todo marcha bien, pero allí están ellas, las cámaras, justo registrándote en el momento y en lugar en que piensas que nadie te está observando. Y te ponchan, justo en el instante en que como cualquier fulano no estás pensando en nada, no estás poniendo atención ni cuidado y por eso mismo estás rompiendo la ley.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Patricia y la familia Scroodge


Era víspera de navidad. Fui a almorzar a la casa de mi mamá y de aperitivo me recibió con todo un drama.

- Me robaron mijo, me robaron, - me dijo llorando, descargando su pena en mi hombro.

- ¿Cómo así?…

- … me robaron la plata que tenía para los regalos de ustedes.

- Ay amá, dejá el escándalo; seguro se te envolató otra vez…- le dije a sabiendas de que mi mamá mete la plata en uno de sus escondites secretos; y como son tan secretos ni ella misma se acuerda.- Venga mejor yo le ayudo a buscar, le propuse.

- No busque, que sí le robaron, me dijo mi hermana Marcela, haciendo su aparición en la sala, con cara de juez implacable.

- ¿Si… y quien le iba a robar, si de la calle no entramos sino usted y yo?

- Pues quien va a ser: Patricia…


Patricia era una mujer bajita, carichupada y huesuda. Morenita de piel arcillosa, pelo lacio y grasoso, y con carita de rata. Aunque como yo pasaba los treinta, en su rostro se veía tanto trajín que uno le calculaba los cuarenta.

Por esos días Patricia era la empleada de mi mamá. Y al parecer sí se había robado la plata. Ella misma se lo confesó a Marcela minutos antes…

Aprovechándose de la resbalosa memoria de mi mamá, Patricia había logrado identificar su escondite secreto, entre la ropa de encaje. Esa que las mamás sólo usan en matrimonios y velorios.

Con el pretexto de organizar la ropa que planchaba, Patricia fue retirando, cual cajero, pequeñas sumas que mi mamá fue acumulando de la pensión que le dejó mi finado padre.

Al cabo de un par de meses, como la gallinita que llena su buche de granito en granito, aquella ratica planchadora había logrado sacar 500 mil pesos.

Si mi mamá no se percató del desfalco, fue porque era una novata en la natural desconfianza de la patrona a su servidumbre; muy lejana a la cultivada por las señoras de rancio abolengo. Pero sobretodo le robaron porque, siendo como es de elevada mi mamá, se daba por bien servida cuando revisaba el vestido de los funerales y veía por encima el cerro de billetes en el lugar de siempre. Como quien dice, le habían hecho el paquete chileno en su propia casa.


Patricia tenía su maña. Pero más mañosa resultó mi hermana. Tan pronto como recibió el telefonazo de mi mamá no dudó en aconsejarle:

- Hágase la boba, no le diga nada, y espéreme que yo ya voy…

Dicho y hecho. Más se demoró Marcela en decir estas palabras que en llegar. Sin dilación arremetió contra Patricia desde el mismo instante en que le abrió la puerta. Y se le fue encima con un sartal de acusaciones. No le dio respiro.

Primero la puso a gaguear, luego la fue llevando, la fue llevando, y la arrinconó contra una esquina, no fuera a ser que Patricia reaccionara, tomara algún objeto contundente y le hiciera daño a mi mamá.

Poco después, cuando ya Marcela la tenía contra las cuerdas, la puso a temblar con amenazas hasta que la hizo llorar. Con ser que Marcela es más chiquita, más raquítica, más joven que Patricia, y si vale la comparación, también es como una ratica, pero de esas recién nacidas, sin pelambre todavía. Aún así, Marcela era mucho más altanera y brava; como mujer chiquita que se respete, y por eso logró la rendición sumisa de la otra.

- ¿Y cómo hiciste que confesara?, le pregunté sorprendido.

- Le canté un tango lo más de triste… ¡Pendejo!… Cómo más iba a ser… - me contestó aún agitada- Le dije: Mire Patricia: Puede que mi mamá sea muy boba, que Pacho sea muy atembado, que Oscar y Alejandra sean muy nobles o muy dormidos, pero yo a usted no me la tragué nunca. Desde el día que se me “perdió” la cadenita de grados que me regaló mi papá, nunca le quité el ojo de encima… Gracias a Dios mi marido, que no es ningún güevón, me ayudó a instalar una cámara escondida y la tenemos con las manos en la masa… Así que ya viene Pacho para llevarla a la policía, porque lo que es usted, o nos devuelve la plata o se va a podrir en la cochina cárcel.

En esas llegué yo.


Para que no la fuera a cagar por boquiflojo, Marcela me apartó de inmediato. Cerró la puerta de la calle con doble llave no fuera a ser que se volara “esa miserable” y mientras dejó a mi mamá custodiándola; blandiendo una bailarina de bronce, me puso al tanto de todo.

- ¿Y donde está la cámara?

- ¿Cuál cámara, pendejo?... Eso fue lo que le dije… pero se lo tragó enterito… Ahora usted solo tiene que seguirme la pita hasta que suelte el billete…

- Ese billete delo por perdido porque ella ya se lo gastó… o si quiere vamos a Niquitao y se lo buscamos bajo el colchón…

- Así nos toque, pero ella la suelta o…

- ¿La suelta o qué?…- le pregunté yo, incrédulo,- no podemos hacer nada…

- Claro que podemos, vamos a darle donde más le duele…


Patricia era madre soltera y tenía una niña de 6 años. Una morenita muy linda, de ojazos negros, penetrantes, pícara y muy inteligente la condenada. Muchas veces, como Patricia no tenía con quien dejarla mientras ella trabajaba, la llevaba a la casa.

Para nosotros era un deleite tenerla allí. Cada uno se turnaba para jugar con ella “Hágase Rico”, lotería y esos juegos guardábamos de la infancia y le terminamos regalando. Pero lo que más nos encantaba eran sus ocurrencias que hacen parecer a los niños unos viejitos en miniatura, y ablandan el corazón adulto con una ternura ineludible.

Así que, consciente de su talón de aquiles, Marcela le dio a Patricia el peor de los golpes bajos.

- Mire Patricia, nosotros no queremos perjudicarla, y conste que queremos arreglar por las buenas, pero si a usted no le parece hoy mismo usted se va derechito a la cárcel y fijo que Bienestar Familiar le quita a la niña.

Bastó esta amenaza para que Patricia se pusiera pálida del susto, y hablara con corazón de madre.

- Mire Doña Marcela, yo no tengo toda la plata… pero les puedo dar hoy 100 mil pesos… No me aviente a Bienestar Familiar, no me haga ese mal y les prometo por Dios que está en el cielo, que yo trabajo día y noche. Y les pago hasta el último centavo- imploró con esa sumisión reverencial de los pobres condenados.

Ensañada con ella, Marcela repuso:

- Pues trabajará en otra parte porque aquí no vuelve sino a pagar.

- Yo sé, yo sé que hice mal Doña Marcela, yo sé que no merezco su perdón, pero estaba desesperada; la niña se me enfermó y como no me respondieron con la droga yo no sabía que hacer…

- Ay Patricia, no me venga con esas, -intervino mi mamá ofendida-, usted sabe que aquí le hubiéramos ayudado como fuera…

- Yo sé Doña Marta, yo sé lo buena que usted ha sido conmigo y más me duele haberle pagado así.

- Pero eso si no lo pensó cuando estaba sonsacando a mi mamá ¿no?

- Si, pero es que el diablo es puerco… yo no pensé, seguro que yo no pensé…- entonces se le quebró la voz, se le fueron las excusas y se derramó en lágrimas la pobre mujer.

- A mi no me va conmover con esas lágrimas de cocodrilo, que no se las cree ni usted misma… más bien vaya por la plata, antes de que me arrepienta, sentenció Marcela.

Antes de dejarla salir, Marcela habló por teléfono con su esposo. Acordaron que lo más conveniente era llevarla a una notaría. Allí haríamos un compromiso de pago juramentado, so pena de denunciarla a la Fiscalía al más mínimo incumplimiento en cada mensualidad.

Con la soga al cuello Patricia aceptó sumisa, y me fui con ella.


Destinado a aquella nada encomiable labor cogimos un taxi. Nos hicimos en la silla trasera. No me hice adelante porque pensé que, aprovechando cualquier descuido mío, Patricia podría saltar del carro.

No hablamos durante el trayecto. Sin embargo, cada vez que yo la miraba, ella bajaba la cabeza avergonzada o dejaba perder la vista tras el vidrio. Sólo un par de veces, vi como sus lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas.

Media hora después de un taco infernal, de calles y calles infestadas de gente, yo entraba en una de esas pensiones de Niquitao, un barrio deprimido del centro de la ciudad. Estas vecindades son casas viejas de tapia, medio caídas, con las paredes descascaradas y humedades en los techos que impregnan al ambiente un olor a lodo.

Allí alquilan piezas al día por menos de lo que vale un corrientazo. Aunque eran las dos de la tarde, caminé entre la penumbra por aquel estrecho y largo corredor, todo adornado de guirnaldas navideñas hechas con brillantes recortes de paquetes de snacks.

Como la mayoría de los cuartos no tenía puertas, a medida que avanzaba pude ver una familia de indígenas durmiendo en un desvencijado camastro; a otra familia, con más de 7 niños mugrosos y en pantaloncillos jugando a las canicas.

Vi salir de una cortina, a un reciclador, andrajoso y sudoroso, con costal al hombro ajustándose el pantalón, mientras en el fondo una mujer mestiza de unos 50 años, se guardaba unos billetes en el brasier.

Con mirada escrutadora, espié a una pareja famélica y ansiosa, de rostros cadavéricos, que calentaba una cuchara. Hasta que finalmente llegué al fondo de aquel pasillo.

Las disformes y quebradas baldosas de la casa llegaban hasta la entrada de última la pieza. A partir de allí, el piso era naranjado, arcilloso, de tierra aplanada. Un bombillo colgado de un cable pelado, destellaba una mustia luz de contrabando, triste y amarillenta.

En su interior, a la derecha había un caballo flaco, bayo como el color del piso; era uno de esos huelengues viejos que se usan como zorras de carga antes de ser vendidos para embutidos de carnes frías. Amarrado a un estacón se le veía las costillas al pobre y, entre resoplidos de ofuscación, agitaba su cara y su cola para espantar el enjambre de moscas que orbitaban. A ratos comía el musgo de un pesebre con casitas hechas en cajas de remedios y figuritas de plástico.

A su lado, sobre una tambaleante mesa, un par de muchachos, de ropa sucia y arrugada, con semblante de trasnochados, armaban calillos de marihuana con babas de sus lenguas resecas. Al otro extremo de la pieza, sobre una pequeña cama, una mujer gorda, rubicunda y acalorada, veía sin pestañear las noticias mientras desgranaba una mazorca en un balde.

Y al lado de un vetusto chamizo con ramas cubiertas de algodón y decorado con bombillos quemados de colores, estaba Yésica, la niña de Patricia.

Cuando llegamos jugaba “Hágase Rico”, abstraída y sola, al lado de aquel árbol navideño. Sin presentaciones ni zalamerías, Patricia le dio las gracias a la Gorda y ésta le contestó:

- No es nada mija, usted sabe que se la cuido con todo el gusto… ella no da que hacer, es un amor, ni se siente.


Salimos de aquella pensión con la niña y caminamos varias cuadras hacia una notaría cercana. El centro ebullía de gente de todos los pelambres, afanados por comprar los traídos a última hora, ataviados de mal genio y bisuterías. Desconfiado, le tomé la mano a la niña, no fuera a ser que Patricia se escabullera en el tumulto.

Una vez en la notaría procedimos a hacer la declaración extrajucio. Para que la niña no se enterara de lo que había hecho su madre, Patricia me pidió el favor de que me quedara con ella. Pero la niña, más perspicaz, aprovechó que yo me quedé embelezado con el escote de una catana, y se coló a la oficina donde estaba Patricia.

Allí la encontró llorando, mientras se comprometía a pagarnos la suma de 100 mil pesos mensuales, so pena de cárcel por incumplimiento.

Traté de alejar a la niña, pero ya el daño estaba hecho. Contagiada por la preocupación de Patricia, cuando la tomé de la mano, Yésica me preguntó, con tiernos ojillos:

- ¿Y por qué mi mamá le tiene que pagar plata a ustedes… antes ustedes no son los que le pagan a ella?

Entonces me quedé mudo.

- ¿Y si no paga la van a meter a la cárcel?, me volvió a preguntar, sin darme respiro.

No debimos ir por la niña. Eso era lo que Patricia quería, usarla para causarme lástima, pensé yo, mientras me faltaban las respuestas. Fue entonces cuando Patricia, intervino.

- Tranquila mi amor que nadie va a ir a la cárcel… ellos me están prestando una plata para que usted pueda estudiar el año entrante… y como estamos haciendo un compromiso, se dice que si no paga va a la cárcel, como cuando yo le digo que si no hace las tareas la castigo.

- Ay ya…- contestó la niña más calmada, mientras Patricia la abrazaba.

Luego revisé el documento. Una fila aquí, otra allá, unos cuantos sellos, cancele en la caja, y vaya donde el notario, sentado en su poltrona, firmando papeles a diestra y siniestra con lapicero fino.

- ¿Y ahora para donde vamos?- le pregunté a Patricia, al salir a la calle.

- Vamos por su plata.


Llegué a mi casa con la declaración extrajuicio y los 100 mil pesos recuperados. Y sin embargo, no hubo celebraciones, ni clamor de victoria. Mi Mamá, Marcela y mis otros hermanos se quedaron llorando sobre la leche derramada.

- …la confianza sólo se pierde una vez, - sentenció mi mamá, con pesar.

- Ya lo decía mi papá: negro que no lo hace a la entrada, lo hace a la salida, completó Oscar.

- Pero lo que más me duele es que esa sinverguenza los dejó sin traídos este año, dijo mi mamá, derramando lágrimas.

- Fresca Amá, que nosotros ya estamos muy viejos y ya sabemos quien es el niño dios, intervino Alejandra para sacarle una risita, pero fue inútil.

- Mi mamá tiene razón. Ella bien oronda se hizo esta navidad a costa nuestra, ¿y que nos queda a nosotros por buena gente?… una chichigua… Es que uno no le puede dar la mano nadie en la vida… Hay que volverse es malo como un putas para que a uno le vaya bien…

- Pero no es para tanto, alegué yo… al menos entregó una parte de la plata.

- Si… pero apenas entregó cagados 100 mil pesos… ¿y que se puede hacer con eso, ah?


Con los 100 mil pesos, fuimos al supermercado para embolatar a mi mamá de su desdicha y, como familia unida, mercamos los ingredientes para la cena navideña.

En la noche, reunidos en torno a la mesa, adornada con apetitosas viandas y canapés preparados en familia, mi mamá empezó la consabida oración de acción de gracias por los favores recibidos. Luego, en un acto de suma generosidad mamá pidió por aquella desdichada, “que en su ignorancia, y en su desesperada necesidad tuvo que robar un mendrugo de pan para darle algo a su niña”…

Mamá pidió para que Mi Dios iluminara y socorriera a aquella pobre mujer y clamó porque nos diera el entendimiento y el perdón necesarios. “Aleja todo resentimiento de nuestros corazones con quien nos ha hecho daño y danos la sabiduría, oh señor, para vivir en paz con ellos y nosotros mismos, amén”, concluyó. Y luego todos a clavarle la muela al rico manjar.

Mientras me deleitaba con la exquisita comida, me acordé de los últimos minutos con Patricia y su niña.


Después de salir de la notaría, Patricia me condujo a una callejuela del centro, por el sector de Guayaquil. Un sitio aún más deprimido que Niquitao; hoy sector de almacenes de mercaderías, algunas cantinas mortecinas con un par de borrachos irredimibles, y corredores de indigentes en la aceras, espurgando basura.

Cuando llegamos a una chacita de confites, Patricia saludó a una viejita que la atendía.

- Hola madrina, la saludó Yésica, con alegría.

Patricia le pidió que le cuidara a la niña unos minutos mientras hacía una vuelta, a lo que la vieja, de pelo entrecano y arrugadita como uva pasa, contestó:

- Vaya tranquila mija, que aquí yo le doy el aguinaldo que le tenía guardado a mi ahijada.

La vieja y la niña se quedaron entretenidas, mientras Patricia me condujo a un viejo caserón de fachada descascarada, que dejaba ver sus entrañas de tapia. Esta vez, subimos por unas escalas donde estaban sentadas un par de mujeres de unos 50 años, con gorritos de Papá Noel, cansadas de esperar, gordas, y de faldas cortas.

En su mal sentado, se veían sus piernas hinchadas, surcadas de várices. Y en el maquillaje extravagante con que embadurnaban sus caras sofocadas, delataban su profesión.

Intrigado saludé a las doñas con las cejas y seguí para arriba. Ya en el segundo piso, hacia el fondo se extendía un estrecho pasillo, que apestaba a trapeadora sucia, con una sucesión de cuartuchos pequeños, estos sí, con puertas.

- ¿Pa´ donde vamos?, le pregunté yo a Patricia.

- Por su plata, ya le dije.

Al final del pasillo, en un pequeño cuarto, Patricia llamó a la puerta y esta vez le abrió una mujer flaca y desgarbada; blanca verdosa, casi traslúcida, con ojeras y el pelo revuelto y seco. Estaba vestida de mucama, aunque su traje estaba raído, desteñido con salpicaduras de cloro.

- Hola María, qué más…

- Pues nada mija, la misma joda…- Y ambas sonrieron.

- Vengo por aquello, le dijo Patricia.

- Ah si, dijo la mujer como ida.

- Y también era para pedirle un par de minuticos…

- Bueno, pero que sea un par no más… mire que si me pillan me joden… pero más distinto, y se largó a reir como sin ganas, pelando sus dientes cariados.

Sin entender nada de lo que decían las dos mujeres, María cogió una trapera oscura de la mugre y un balde. Por su parte, Patricia me hizo entrar a un pequeño cuarto. En el interior, había una cama pequeña, tendida por un cobertor de Winnie Pooh desgastado, y un nochero con un ventilador empolvado. Al frente un chifonier sostenido por un par de ladrillos, y sobre este un televisor pequeño a blanco y negro que presentaba una telenovela mexicana con mala recepción: “Simplemente tuya”.

Parado en la mitad de aquella habitación, sin darme tiempo a suspicacias, sin que pudiera tratar de entender sus intenciones, Patricia, me las reveló.

- No se me asuste Don Francisco… Yo sólo quería hablar con usted, explicarle todo… Yo sé que con usted si puedo hablar porque su hermana es mas altanera, y no me dejó.

- Bueno Patricia, y tiene sus razones.

- Yo sé, yo sé… Pero también yo sé que ahora usted, que ha visto como vivo, también puede comprender las mías.

- Si Patricia pero eso no justifica lo que hizo…

- Yo sé, pero también yo sé que usted es más comprensivo y a lo mejor yo pensaba que podíamos llegar a un arreglo.

Dicho esto Patricia puso su mano en mi cremallera y comenzó a frotarme con suavidad. Con su otra mano llevó la mía a sus senos y me hizo tocar su pezón oscuro y erecto.

- …Usted deje las cosas así y yo le hago lo que usted quiera, cuando quiera-, me dijo con susurros en mi oreja.

Con su mano ya internándose en mi cremallera, con su cuerpecito rozándose en mí, con su alientito tibio quedé paralizado unos cuantos segundos. En ese lapso, pensé en su propuesta, mientras dejaba que el diablillo del deseo me aletargara con su melodía de flauta dulce.

Para que lo voy a negar, claro que pensé: Pues hombre son 500 mil por sexo indefinido, y está como buena, además… “lo que quiera y cuando quiera”; Tanteé el costo - beneficio: Una esclava sexual por eso, eso no es plata… Y como ella ya tiene la culpa encima, que más da.

Si me vi tentado, de cuerpo y pensamiento, y quise sucumbir. Pero unos segundos, antes de dejarme llevar, logré zafarme de aquel embeleco. Abrí los ojos y entonces vi a la ratica morena que planchaba, la misma que lavaba con harapos humildes, a la mamá de aquella tierna niña, esforzándose por complacerme.

Entonces ahí sí me sentí ruin. Con todo y lo ocioso que soy, me alejé asqueado, no de ella, sino de mi. Y me sentí más vil, más canalla todavía, al darme cuenta de que me estaba aprovechando de su precariedad, de aquella desesperación lastimera capaz de todo.

Caer, sería descender al fondo del fondo. Así que le hice repulsa, le saque las manos de donde las tenía y la alejé de mi. Aún agitado, le dije:

- Patricia, Patricia… No lo tome a mal, usted es una mujer linda, pero no, no puedo… no podemos.

- Tranquilo,- me dijo apenada pero no vencida,- pues si conmigo no le parece, si quiere le busco aquí una que le guste o a varias distintas.

- No, Patricia no, -dije sonrojado, sin saber como manejar la situación-. No se trata de otra, es que pienso que está mal… digo, que no debería. Simplemente, no me parece.

- Bueno, ya que lo pone así, como quiera, - me contestó, ahora hosca y malhumorada, con un tonito que pasó de la súplica al reproche…- Entonces a lo que vinimos.

Se acomodó la ropa. Se agachó debajo de la cama y sacó una bicicleta rosada para niñas, envuelta en una bolsa transparente. Con tirillas de arcoiris en los manubrios, dos llanticas de respaldo a cada lado de la llanta trasera. Y en el marco dibujos de mi pequeño Pony.

- Mire, este era el traído de la niña, aquí están sus cien mil pesos,- me dijo Patricia, con lágrimas de resentimiento encharcando sus ojos de ratona.


- ¿Y a todas estas, usted como fue que le sacó la plata?, me preguntó Marcela, sacándome de aquel recuerdo.

Obviamente no les conté los preliminares calientes que viví con Patricia, porque entendí aquello como un necio y desperado sacrificio de una madre por su hija. Pero viendo los deliciosos canapés, las magras carnes, la fresca ensalada y los provocativos postres que nos aguardaban, sólo pude pensar que cada plato era una parte, un accesorio de aquella bicicleta.

Imaginé que ese traído truncado, era destajado por nosotros y que ahora, en forma de comida, nosotros lo engullíamos sin pesar ni consideración como ogros hambrientos, que se saborean el dolor de una niña, y se deleitan bebiendo su llanto en noche buena.

Al frente vi a mamá saboreando el manubrio, a Marcela chupando extasiada las tiritas de arcoiris, a Oscar masticando la cadena y a Alejandra triturando las llanticas, mientras que yo me tragaba en silencio aquella calcomanía del pequeño pony.

Por eso, no dude en descargar mi culpa, en compartir mi pena como castigo y les relaté con lujo de detalles que ella me había dado la bicicleta; me acompañó a la casa de empeños donde la consiguió. Y le devolvieron lo mismo que entregó: 100 mil pesos moneda legal.

- Y con ese traído que nunca llegó, es con lo que estamos comiendo aquí, le dije a mi familia en pleno.

- ¿Y usted le quitó el traído a esa pobre niña sin que le doliera un pelo? ... preguntó el Gordo, indignado.

Cómo él, todos quedaron de una sola pieza, boquiabiertos, lelos, fríos y aterrados.

- ¿Usted fue capaz de quitarle la bicicleta a esa pobre niña?, volvió a preguntar mi mamá. Y la respuesta era evidente: “Si, y usted ya se la está comiendo”. Mientras tanto Alejandra se ahogaba, así que Marcela sacó alientos de donde no tenía:

- Mucha Chanda… ¿Usted es que es atembado o qué?

- Apelotardado, atolondrado es lo que es… - intervino Alejandra- mientras se desantracaba el gaznate.

- ¿Ah ahora yo soy una chanda, pero si no hubiera traído la plata, también, soy un pendejo por dejármela hacer de esa rata de alcantarilla, no?... –les dije ofendido.- No pues que había que hacer pagar a esa ladrona de mierda hasta el último centavo, no pues que había que darle donde más le doliera, pues ahí pagó y ahí le dieron donde más duele, y aunque yo fui el que lo hice, fue porque ustedes así lo quisieron.

Entonces todos callaron.

- Bendito sea Mi Dios,- exclamó mi mamá compungida… pero esa pobre criatura no tiene la culpa de nada… Esa niña ni siquiera es de Patricia, ella se la recibió a una señora que se estaba muriendo y la ha cuidado como una mamá ,llueva Dios misericordia, a pesar de que no tiene ni con que caer muerta.

A todos se nos vinagró el genio y la comida. Nadie quiso probar bocado; ni volteamos a mirar el postre. Pero sabiendo todo eso, tampoco nadie hizo nada.

Acto seguido, en medio del silencio que embargó nuestros corazones que a su vez embargaron aquella bicicleta, nos entregamos los regalos al lado del árbol y nos fuimos a dormir deseándonos: ¡Feliz Navidad!


lunes, 1 de noviembre de 2010

¡Rezad por la honestidad!


A Doña Virgelina, que me hizo acordar


Cuando yo tenía como 12 años era acólito de la iglesia San José de El Poblado. Cada domingo, después de misa de 7 de la noche, el padre Montoya nos reunía a los tres monaguillos en la sacristía.

Nos hacía vaciar las limosnas en una gran cesta de mimbre. Mientras él contaba la gruesa, a nosotros nos tocaba organizar el cascajo.

Como el cura nos había advertido que el que robara tan solo una moneda sería excomulgado, ninguno de nosotros se atrevió a ser condenado al fuego eterno.

Una hora más tarde, con las monedas ya organizadas en montoncitos pegados con cinta, el cura nos pagaba con recortes de hostia.

Luego, se quitaba la sotana y…

…el cura a su casa cural y nosotros a nuestras casas, igual de vírgenes como salimos.

Pero un día, cuando el cura se quitó la sotana se le cayó del pantalón un fajo de billetes. Los tres monaguillos nos miramos. El padre no se dio cuenta por echarse unos traguitos del vino de consagrar.

Yo le hice señas al del lado, como quien dice, cójalo usted, que yo como callado y ahí partimos los dos, pero el me miró como diciendo: No, mejor cójalo usted, que el que come callado soy yo.

Y en esas estábamos cuando el otro acólito cogió el rollo de billetes y se lo entregó al cura: Padre, mire lo que se le cayó…

El acólito compinche me miró esta vez y me dijo: Mucho sapo… Y yo le contesté también con la mirada: A la salida lo cascamos.

Pero el cura, mientras se embolsillaba la gruesa en el pantalón, nos dijo, con tono de sermón:

- Esa es la actitud cristiana muchachos, y que este acto les sirva a ustedes dos, como ejemplo.

Entonces el otro monaguillo, el compinche mío, le preguntó:

- Padre… ¿y usted por qué se está embolsillando esa plata… no pues que era pa lo pobres…?

Y el cura le respondió, con un tufillo ácido y penetrante:

- Recemos por la honestidad de este niño, para que con su ejemplo nos ilumine.

Nos dio un paquete de recortes a cada uno; al buen samaritano le dio dos paquetes, y nos despachó para la casa.


martes, 29 de junio de 2010

A que no me acuerdo… a que no


Yo tengo muy buena memoria. Me acuerdo de los nombres de las películas, de los directores y los actores de Hollywood; de todas las telenovelas que se ha visto mi mamá; del radioteatro que escuchaba cuando era un niño y planchaban a mi lado; de los actores criollos, los clásicos y los de ahora; de las modelos y presentadoras de la televisión nacional; recuerdo todos los capítulos de Seinfield, de Lost y de Los Simpsons con abrumadora precisión y de cien series más; de libros y sus autores, de oraciones cristianas que me enseñó mi abuelita, de cuentos magistrales y personajes ilustres reales o ficticios, de autores de libros que no he ojeado y hasta libros que no me he leído; me acuerdo de los programas de televisión que he visto desde chiquito y hasta de los slogans y jingles de comerciales. Soy capaz de reconocer pintores y sus obras, canciones y cantantes por montón en todos los géneros posibles, planteles completos de jugadores de mi amado DIM, resultados de partidos, de goles que me emocionaron y hasta de anécdotas no autorizadas de futbolistas. Rememoro con gran facilidad situaciones y anécdotas divertidas que me pasaron a mi y a mis amigos. Con decir que me acuerdo hasta de los paseos a los que no fui…

Es decir, mi memoria selectiva funciona de maravilla cuando se trata de información inútil. Mi cabeza está llena de basura que nunca se formatea. No tera bites, como se le dice ahora a una descabellada acumulación de datos, sino Tetra bites es lo que tengo acumulado en mi precioso cerebro.

No me acuerdo de todo, ni todo el tiempo, ni que fuera Funes el Memorioso de Borges, pero sé que toda esa chatarra la tengo albergada en alguna parte, medio dormida, y no es sino un impulso, una evocación ligera, una chispa, para que el buscador comience a urgar en mis archivos. Así, en menos de lo que canta un gallo aparece y sale por mi boca para el asombro de mis acompañantes: “¡Cómo te acordás!”, terminan por decir… Yo no sé, creo que me gustan las historias y la gente.

Ahora no me acuerdo de chistes ni poemas, como Miguel Rivas que tiene un chiste y un poema para cada ocasión, pero hubo en tiempo en que si. Creo que de tanto contar chistes a los amigos y recitar poemas de niño a las visitas, fundí esa capacidad y la bloqueé. Tampoco me acuerdo de las fórmulas matemáticas aprendidas en el colegio, y como odio los manuales técnicos, tan pronto como los leo los olvido.

De lo que si nunca me he acordado es de los nombres de la gente que recién conozco. Y no me ha valido nada.

El problema empieza desde el momento en que conozco a la gente. Hola te presento a un amigo… hasta ahí todo bien… Pero luego cuando dicen: mucho gusto mi nombres es… en mi cabeza hay una interferencia que me impide escucharlo, la mente se me pone en blanco esos segundos, y luego le da la orden a los oídos para que retome la conversación como si nada hubiera pasado.

En caso de que logre escucharlo, mi mente arroja el nombre en la papelera de los archivos temporales y la borra inmediatamente, al punto de que en la mitad de la conversación, me toque preguntar: Que pena, ¿cómo es que te llamas vos…?

Por fortuna, he venido descubriendo que esto no solo me pasa a mi. Hablando estos días con El Amarillo, un amigo músico, me contó que tenía el mismo problema; que le daba mucha vergüenza encontrarse con gente que le sabía el nombre mientras que él no se acordaba. Bueno, si a uno lo llaman El Amarillo, no es que sea muy difícil acordarse y a mucha gente la conocen más por el apodo. Pero la gran mayoría le decía Federico que es su nombre de Pila.

¿Qué hacer entonces cuando uno no se acuerda de un nombre, mientras que otro con gran familiaridad repite el nombre de uno y se lo restrega en la cara?

Pues El Amarillo, tiene una solución muy sencilla: cuando uno no recuerda el nombre, saluda con familiaridad y dice: Hola Antonio o Antonia, según el caso. La gente por supuesto se timbra, y le corrige de una vez; entonces él aprovecha, les cuenta su problema, y ellos terminan por comprender cuando el Amarillo concluye: “A lo mejor un día de estos doy con alguien que se llame así y no me toca explicarles nada”… Así borra toda incomodidad con una sonrisa. Pero cuando uno le pregunta: ¿Y si conocés a algún Antonio o Antonia? El Amarillo responde: “No me acuerdo”.

Como yo soy un irremediable amnésico de nombres, celebro y comparto este método, pero no me sirve por dos razones contundentes:

La primera es que tengo un carácter muy débil y no soy capaz de aclarar mi problema antes de que se desenvuelva una conversación. Para la muestra este botón. Hace unos años estaba en el Parque San Ignacio pasando la tarde, cuando se me acerca una pareja cuarentona. No los recordaba, pero el hombre me saludó con tal familiaridad que pensé que él sí me conocía. Luego de dejar la habitual desconfianza de estos tiempos aciagos donde todo desconocido es un hampón, yo le seguí el hilo.

Por supuesto no nos dijimos el nombre, porque yo supuestamente simulé reconocerlo. Pero mi peor error fue dejar que fluyera la conversación, porque ahí ya no tenía camino de retorno. Sin darme tiempo a aclaraciones pasó a: Cómo está la familia y esas cosas… Yo respondí lo más sincero que pude, tratando de encontrar un detalle que me diera pistas de donde lo conocía, pero el tipo no paraba de preguntar por mis familiares y decirme lo bueno que había pasado con mi hermano en “esa época”…

Mientras mi cerebro buscaba afanosamente en la carpeta: “Amigos de mi hermano”, comencé a sentir una renovada desconfianza cuando el tipo comenzó con preguntas de grueso calibre: ¿Y donde están viviendo ahora?... ¿Y qué está haciendo tu hermano?, ¿Y tu papá se alivió?, ¿Y tu hermana ya se casó?

Como todas las preguntas me salían, yo le respondí tomando cierta distancia; pensando que era el preámbulo para que me echaran burundanga. Hasta que la mujer me dijo: “…es que si son muy ingratos, desde que se pasaron ni volvieron por allá…” Como yo me pasé de barrio muy chiquito y mi hermano escasamente tenía como 3 años en “esa época”, supe que había una terrible confusión.

La mujer lo notó en la mi expresión, y dudando le dijo a su pareja: Este no es… miralo bien… El hombre me reparó entrecerrando los ojos y luego me dijo: Usted se llama Jorge, ¿no cierto? No señor, le contesté. Este no es, dijo el hombre molesto. ¿Usted por qué no me dijo antes que no era Jorge?, me inquirió ofendido. Porque yo pensé que usted me conocía y yo no me acordaba de su nombre, le dije nervioso… ¿Y por qué no preguntó?, me contestó altanero... ¿Y por qué no preguntó usted primero? Le dije.

Al final la pareja me insultó: que qué era esas forma de hacerle perder el tiempo a la gente, que si no me daba pena, que cogiera oficio, que no volviera a hacerme pasar por gente que no soy porque iba a encontrar a uno que si me rompiera la jeta, y se fueron muy bravos.

Desde entonces suelo seguir el consejo que le dan a los niños de no saludar a desconocidos, claro, a menos de que digan mi nombre. Y tampoco así, porque si todavía no los recuerdo, les pregunto: ¿De donde es que te conozco a vos…? Ah claro… y si así tampoco me acuerdo, los dejo con el saludo en la boca y salgo corriendo. Así paso por maleducado pero evito que rompan la jeta por mi falta de carácter.

Es más, este incidente provocó que guardara recelo, no solo frente a los desconocidos, sino frente a los recién conocidos, apenas conocidos, y los que uno distingue. A tal punto que por el barrio donde vivo hay un señor que una vez me preguntó el nombre. Yo le dije, pero él entendió mal o le pasa la misma interferencia mía, y terminó por llamarme Fernando, incapaz de volver a preguntar.

Como es de esos señores que se la pasan tomando aguardiente en tienda de la esquina, él, muy querido le dijo a todos que yo me llamo Fernando y el dueño de la tienda, la señora del dueño y el hijo púber que atienden me llaman Fernando también. Cuando yo les digo: Vecino deme tal cosa… Como no Fernando… Aquí tiene su devuelta Fernando y que tenga un buen día Fernando. Para colmo de males, otros señores que beben con el primer señor, también me conocen como Fernando y es tal la cantidad de gente que me llama así, que a estas alturas no hay modo de desmentirlos. Además no me sé el nombre de ninguno. Así que vivo con temor, pidiendo a la divina providencia que mi verdadero nombre nunca se llegue a saber en este barrio.

Aquí llegamos a la segunda razón de por qué no puedo seguir la estrategia del Amarillo.

Yo soy profesor universitario, de cátedra, un mercenario de la educación en tres universidades. Tengo 6 cursos a cargo en total, con un promedio de 20 estudiantes por curso. Es decir 120 estudiantes. De allí que me quede imposible comenzar a leer la lista de clase y decir: Antonio, Antonia, Antonio, etc…

En fin, si no me acuerdo de un simple nombre, ya usted se imaginará lo que me cuesta aprenderme 120, además acordarme a que universidad corresponde cada uno. Bueno, para eso está la lista de clase y la repetición le hará recordar tarde o temprano, dirá usted, pero aquel bastón de ciego, que es la lista de clase, tampoco me sirve de mucho. Mi ojos leen el nombre, ven la cara, pero tan pronto como paso al siguiente nombre ya me he olvidado de la cara y del nombre que acabé de mencionar y así sucesivamente.

Para evitar que se descubra mi terrible problema me dirijo a todos mis estudiantes con el apelativo de Mi estimado, amigo o amiga, muchacho o muchacha. Y quizás por eso, porque no soy capaz de mirar a una niña fijamente y decirle hola Carolina, que todos mis colegas profesores dicen que fracaso en el levante de aquellas doncellas.

Pero no todo es funesto; el cerebro ante una limitación siempre encuentra una salida. Poco a poco me he dado cuenta de que tengo un método personal que me permite relacionar los nombres y las personas paulatinamente. Primero empiezo por acordarme del nombre de las más bonitas de rostro, luego de las más buenas de cuerpo. Después de las más aplicadas que no son tan agraciadas, ni de cuerpo ni de cara. Luego de los hombres más intensos que no paran de hacer preguntas y me abordan después de clase. Le siguen los manes que no dejan dar clase, y los tipos que solo van a calentar pupitre y a hacer otras cosas, esos son los últimos, ya al final del semestre, si es que me acuerdo porque hay unos que pasan sin pena ni gloria. Y me apena confesarlo; de las feas no me acuerdo nunca. Por mucho intento que hago.

El problema es que al final del semestre, cuando me toca pasar las notas definitivas, de nuevo veo la lista y se me olvidan todas las caras y no sé quien era Natalia, ni Juan Felipe, ni Carlos, ni nadie… Los tres Andrés Felipe se me traban, Las dos Ana María se me confunden, la cara de las 10 Danielas que tengo repartidas en todas las universidades se me trastocan.

Así que tengo que nivelar las notas que son de seguimiento con un 3.3 o un 3.5 genérico para todos. Y si vienen airados a preguntarme porqué tan bajita la nota, yo les respondo: “De gracias que al menos no perdió”. Me toca.

Lo curioso es que así, mal o bien, todos mis estudiantes se terminan acordando de mi y de mi nombre con aprecio. Y cómo no, si todos me dicen Pacho… hasta yo me acordaría.

lunes, 21 de junio de 2010

Ojalá todos los días fueran así


Cañola llega tarde a su trabajo. Se levantó a las 9 de la mañana, cuando debía estar en la oficina a las 6 en punto. No alcanzó ni a ver el partido de Argentina contra Corea del Sur.

Apenas si pudo bañarse a lo gato, empacarse en la ropa de afán y arrancar en la moto a toda.

Llegó a la oficina, evadiendo a la recepcionista, ocultándose de la jefa, y poniendo cara de ternero huérfano al editor de su programa “Vida Cooperativa”.

Sin musitar palabra, se sienta juicioso como niño regañado, para evitar el reproche de editor de televisión que es el peor reproche que alma humana jamás conocerá. Aguarda que el editor se lance en ristre con un sarcasmo sobre su falta de puntualidad. Pero cuando el editor le da la cara, no le echa puyas, ni le pone pereque.

Con inusual efusividad, le dice:

- Miralo tan pinchado… como atinó el marcador de Argentina contra Corea…

Con prudencia Cañola le sigue el juego.

- Usted sabe mijo…- sin acordarse siquiera del resultado que puso en polla de la oficina.

Ambos se ríen…

Pero la risa pronto es cortada de tajo con la llegada de la jefa; la mismísima dueña de la productora audiovisual, que irrumpe en la sala de edición.

- Cañola, tenemos que hablar…

Cañola entonces teme lo peor. Ya van seis llegadas tarde, por el mismo estilo, en un mes; en cuatro la jefa lo pilló infraganti entrando a gatas y en las otras dos, el editor le echó el agua sucia antes de que llegara.

Sentenciado, Cañola espera el batacazo.

- … le va a tocar explicarme cómo le está haciendo… Cañola presiente el inminente despido, -… es que acertar en casi todos los marcadores de la polla... - le dice la Jefa super querida.

- Pura suerte, - responde Cañola con afectada humildad.

- Pues yo no sé que va a hacer… -Cañola suda frío,- pero le va a tocar asesorarme en la polla de octavos de final porque yo no he dado tiro con bola, y le quiero cerrar el pico a mi marido que no ha hace sino gozarme...

- Tranquila que ahí no dejamos de arreglar, responde Cañola picaron.

La jefa se ríe… y Cañola también, pero con risa nerviosa. Entonces la jefa mira el televisor.

- Qué bonita esa imagen, como les está quedando de pispo el programa…

Cañola mira de reojo al editor, esperando que el man se atribuya todo el crédito y le vuelva a echar el agua sucia. Pero el editor solo contesta:

- Jefa, por favor, aquí solo metemos goles de factura…

La Jefa los mira, un poco intrigada. Cañola vuelve a sufrir.

- No, pues a este ritmo, nos va a tocar crear la división de pronósticos futboleros a ver si así nos tapamos de plata.

La jefa se retira entre sonoras carcajadas. Cañola se hace el bobo. Y anima al editor para “seguir con su trabajo”, mientras piensa: “¡Bendito sea el mundial de fútbol!”

Ojalá todos los días fueran así.

sábado, 5 de junio de 2010

Lo que te roban es lo de menos (2)


Dignidad


Nada mejor que tener una novia cuando uno está desempleado. Bueno, eso si el amor está floreciendo, porque si llevás un buen rato, es un infierno. Pero cuando uno está en los misterios gloriosos de la pasión nada mejor que tener tiempo de sobra para dedicarle a la mujer amada. Y para que ella se lo dedique a uno.

Así estaba yo por esos días con Natalia. No tenía plata pero la tenía a ella y ella me tenía a mi, y eso nos bastaba.

Para evitar inoficiosos gastos comíamos atún con pastas y arroz con huevo, en la casa de ella todos los días. Todo un manjar. Para el sopor de las tardes, prestábamos películas en la universidad que veíamos en el televisor de la suegra. Nos encerrábamos a escuchar casetes regrabados con clásicos de rock de los 80. Jugábamos cartas con la suegra, leíamos libros juntos y el resto del tiempo lo pasábamos haciendo las cosas que hacen los novios cuando se llevan muchas ganas. Ah y fumábamos marihuana, mucha.

Sólo salíamos de nuestro nido de amor, cuando se nos acababan las provisiones. Entonces caminábamos desde Conquistadores hasta la 70 para buscar al jíbaro de confianza. Así nos gastábamos los pocos ahorros tasados, en hierba para la siguiente semana. Para lo demás… ¡Dios proveerá!

Así como las parejas tradicionales antioqueñas separan el sábado en la mañana para ir a mercar, así mismo nosotros, terminamos por salir los domingos a eso de las 8 de la noche para abastecernos con nuestro peculiar “mercado”. Los domingos eran más tranquilos, no había el visaje de los jíbaros amurados que lo ponen a uno en la mira de las autoridades patrulleras. Y era más sereno moreno hasta ese fatídico domingo.

Yo venía con Natalia de comprarnos unos armados. Para acortar camino hacia la casa de ella cogimos por San Joaquín. Aquel atajo era más sombrío y solitario, pero Natalia había vivido de niña por allí y su confianza me infundió seguridad.

Quizás por el exceso de la yerba me sentía paranoico con mucha facilidad. Hacía menos de un mes que me habían atracado, precisamente con ella, dos tipos enfierrados en una moto (ver “Lo que te roban es lo de menos 1”) y quedé rayado. Aún no lo había superado del todo; no era sino escuchar el ronronear de una moto a lo lejos, para que me pusiera pálido del susto y echara a andar a paso rápido.

Pero todo estaba tan desolado durante el trayecto que recuperé mi antigua tranquilidad. Cuando llegamos al parque lineal de la avenida Bolivariana, le propuse a Natalia que nos quedáramos un rato allí para disfrutar de la noche; estaba venteando fresco, muy agradable.

Nos sentamos abrazados a mirar las estrellas, a hablar de proyectos, de paseos al mar cuando yo consiguiera trabajo y no sé qué cosas más.

Ya eran como las 10 de la noche cuando me di cuenta que estábamos solos, que escasamente pasaba un carro por la avenida. Me sentí muy afortunado; aquel lugar y aquel momento eran mágicos, exclusivos, apartados especialmente para nuestro amor.

Pero como dice Murphy: “Cuando las cosas no pueden ir mejor, siempre pueden ser mucho peor”… Y eso lo confirmé cuando escuché el ronquido de una moto que se aproximaba por la cicloruta. Hacia nosotros.

Pudimos correr pero yo me quedé petrificado… Los vi venir con la lentitud con que ves caer un vaso de tus manos y no puedes atajarlo. Ya cuando estaban encima, sólo recuerdo las palabras de Natalia. “Ay Pacho, nos volvieron a atracar… pero no se te ocurra hacerles repulsa como la otra vez”… Yo se lo prometí.

Con parsimonia la moto se detuvo delante de nosotros y el parrillero se bajó. Ya conocía el trámite. El tipo insulta, saca la pistola, a ver que es lo que tienen. Pero yo no tenía ni un centavo, estaba en los huesos.

Como el tipo se dio cuenta que ni billetera llevababamos, comenzó en buscar en los bolsillos del pantalón. Yo tenía puesto un pantalón de muchos bolsillos que estaban de moda por esos días. Pero el tipo solo urgó en los bolsillos de la cadera.

Como no encontró nada, se enamoró del marco de mis gafas recetadas, pensando que eran finas. Pero la verdad era un marco de segunda, “de un zapatero muerto”, como decía Natalia, compradas en Guayaquil. Y me las quitó.

No contento con su precario botín, el conductor de la moto me dijo de mala manera:

- Yo no voy a parar por nada… a ver escúlquese y deme todo…

Entonces yo metí la mano en el bolsillo lateral de mi pantorrilla y le saqué dos baríticos que había comprado con mucho esfuerzo y se los mostré.

- Mirá a esta gonorrea…- dijo el parrillero quitándome de un zarpazo los cigarros-, mariguanero de mierda…

Y me pegó un calvazo.

- Pero si le va a robar no lo regañe,- le contestó Natalia, desafiante.

Eso era… ¿con qué autoridad moral venía este ladrón de pacotilla a darme lecciones a mi. Y más cuando seguro lo que robaban era para vicio?

- Cállese mi amor, que usted y yo sabemos que este es un pobre chichipato…- le dijo el conductor.

- Deberíamos chuzar a este malparido por zángano…- sugirió el parrillero.

- Mejor vámonos, que aquí estamos es perdiendo plata - le dijo el conductor, cuando yo ya tenía la güevas en la garganta y esperaba lo peor.

- Te salvaste hijueputa, pero que no te vuelva a ver por aquí cagando el barrio, porque te voy es quebrando.

Luego me dio un doloroso coscorrón, que hizo sonar mi cabeza como un coco.

- …Y buscá trabajo, vicioso.

Entonces arrancaron. El parrillero se puso mis gafas, pero como el aumento era considerable, le pidió al conductor que parara. El parrillero las tiró al piso y pasó la moto por encima.

- Ahí te dejamos las gafas ciego hijueputa- me gritó el parrillero.

Y se perdieron de vista. Me dejaron con la dignidad como las gafas: quebrada y pisoteada.

Sin musitar palabra, molestos y ofendidos, emprendimos el regreso a la casa de Natalia. Con las gafas hecha añicos no podía ver más que borrosas siluetas y barridos de luces en la noche.

- Al menos esta vez no te hiciste el machito, porque este par si te deja como un colador…- me dijo Natalia.

- Si, apenas un chichón… estos malparidos son capaces de chuzarlo a uno por no tener nada-, le contesté cuando entrábamos en su casa.

Pero la puñalada me la asestó ella.

- Por fortuna, mirá lo que nos queda…- le dije mostrándole un barítico que logré salvar, con una sonrisa de premio de consolación.

Entonces ella me miró y me respondió, con una mueca de amargura:

- Ahh, ya estoy como cansada de la bareta... yo creo que mejor amanecés hoy en tu casa…

- Pero que pasa mi amor,- le dije abrazándola todo romántico-, con esto se nos pasa el susto y pasamos la noche entrepiernados, bien rico.

- Pacho, yo creo que deberías buscar trabajo, en serio… Veni yo te pido el taxi…

Y desenfocada como la veía, se fue al teléfono. Seguramente con la misma frase que resonaba en mi cabeza, como un reproche: “usted y yo sabemos que este es un pobre chichipato”.