martes, 9 de marzo de 2010

¡Vamos Poeta!


- Si me pusieran a escoger entre el crepúsculo más colorido y hermoso del paraíso soñado, y tu encantadora sonrisa, nena… - le dijo el artesano callejero de manillas a la gordita que se bronceaba en la playa.- …La escogería a ella. - Y se fue tras el culo de una sexy bañista en bikini.

CHAPALEOS DEL AMOR

Diálogo con una novia al medio día (con el amor agonizando en ambos lados)


…¿Niña, usted se deja robar?- le dice él, malicioso, con tono de malandro…

Dejá de ser mañé- responde ella, con sonrisa pícara.

En serio… Deberíamos volarnos este fin de semana, y encerrarnos en una finca para acurrucarnos- dice él, con ojitos de pichón.

Ahhh que bueno,- dice ella con esperanza- pero tengo una reunión el sábado-, y se le apaga la mirada como si fuera de pilas.

No problem. Nos vamos el domingo…

Tengo que trabajar hasta el lunes para entregar un informe a la gerencia.

¡Pero si el lunes es festivo!

No para mi.

¡Pues bizcocho, que pena con usted pero me la voy a tener que robar, mi ñiña!

Los dos ríen, por el tono de pillo sicarieto que le salió a él.

De tanto joder con ese tonito, te vas a quedar así…- le dice ella

Lo he perfeccionado, no cierto?- dice él asombrado, por su perfecta imitación.

…Hasta que un día de estos ya no vas a poder hablar normalmente y terminarás convertido en un chirrete…

Yo también te amo, cariño- repone él, irónico.

Un incómodo silencio inunda la mesa de aquel negocio de hamburguesas. Él le mira las manos, blancas azuladas y la bufanda serpenteando el cuello. Piensa: Hace frío. Pero introducir el tema del clima le parece patético.

¿Y que más?- dice él.

Nada… ¿Será que la comida se demora mucho?... De verdad estoy que caigo del hambre- comenta ella.

No me digas que te va a dar ese mareo… si te da yo no tengo la culpa

Mirá, yo no voy a alegar otra vez, fuera de que te tengo que esperar media hora, me hacés ir a buscar discos, cuando te dije que me estaba muriendo del hambre

Pero a eso habíamos quedado de venir, ¿no?

Podíamos haber comido antes- dice ella, molesta

No viste que estaban cerrando los negocios!

Claro porque yo fui la que llegué tarde, ¿no?…- contesta ella, ahora irónica

Quince minutos nada más

¡Quince… Media hora!- entonces ella se muerde los labios, se pone roja de la putería y le dice resoplando- Sábés qué, no me hagas dar más rabiecita. Mucho descarado. Mejor no me hablés…

Pero, mi amor…- El trata tomarla de la mano.

No-me-ha-blés… - Más agresiva, ella le quita sus dedos y su mano se aleja como un pescado chapaleando. – Y no me toqués.- Sentencia.

Los dos se apartan y miran al otro lado. De pronto él se voltea y le dice:

Esto no está funcionando.

Mientras ella sólo espera que ya llegue la comida.

sábado, 6 de marzo de 2010

POR UN PELITO...


Después de que él le hace el amor, ella le prepara el café. Se ha puesto la camisa de su hombre para ir a la cocina. Se siente femenina y sexy usando la ropa de él. Huele su esencia masculina y suspira de placer. Le parecía una eternidad su ausencia por aquel viaje de negocios. Pero su emoción se rompe al ver enredado un cabello pelirrojo en un botón de la camisa. Deja el café sobre el fogón. Qué se queme la casa pero ella va a exigirle una explicación. Su hombre no sabe que decirle. Gaguea, sin respuestas claras. Le dice que se debió adherir en la salida del metro, al regresar a casa. Ya sabes la lata de sardinas que se vuelve el tren en la hora pico, le intenta justificar él. Pero ella intuye que miente. Inventa un pretexto para confundirla. Lo sabe porque él tiene aquel tic nervioso en su ojo, que lo delata siempre que miente. Ella le grita embustero. Se despoja de la camisa y se la tira a la cara. Entonces él la mira, y sonríe como quien esconde algo. Cínico, descarado, le grita ella ofendida, a punto de llorar por aquel vestigio de infidelidad. Pero él le dice que ya deje la escenita. Le pide que se siente en la cama y le contará de quien es el retazo de cabello. La mujer se niega. Entonces el hombre le dice, indiferente, que si esa va a ser su actitud, ella se lo pierde. Indefensa a la provocación, la curiosidad la obliga a sentarse. Desconfiada, con los brazos cruzados, se hace al lado del hombre. Entonces él dilata el suspenso dando vueltas sobre el asunto, con preguntas tontas: ¿De verdad no sabes de quien es el cabello?, le interroga malicioso. Ella con una hermosa mueca de repelencia le aclara que si no le dice ya la verdad se va a ir para siempre. Pues ese cabello solo pertenece a una mujer, a la que amo profundamente, le dice él con melosería. Por unos segundos, ella siente que se le desmorona el mundo. Pero cuando ella quiere alejarse, porque se siente asqueada y utilizada, él la retiene y la obliga a mirarlo a los ojos. Esa mujer, eres tú. Y este cabello es tuyo mi vida, le dice él. ¿O acaso solo yo me doy cuenta de que te has tinturado, mi nueva pelirroja? Entonces ella recuerda que el día anterior fue a la peluquería. Cambió su cabello dorado por rayos rojos, para darle gusto. Se siente tonta. Lo ha olvidado. Él se burla de su olvido. Ella, se sonroja y trata de disimular su pataleta, aclarando: Solo lo hice para ver si lo notabas. Ella se deja dar abrazos de cariño, hasta que se acuerda del café y se marcha presurosa. Mientras ella profiere maldiciones por el desastre en la cocina. El celular del hombre repica. Se afana a contestar. Mira a la cocina. Baja la voz y responde agrio: “Ya te he dicho que no me llames cuando estoy en mi casa… No puedo… No me importa… Luego hablamos”. Molesto cuelga el teléfono. Entonces llega la mujer de la cocina con la taza de café humeante. ¿Quién era?, le pregunta ella. Nadie, la pelirroja con la que te engaño, le contesta él, malicioso. Ella sonríe y le da un beso apasionado; abrebocas de algo más caliente, mientras el café se enfría.

PERDER ES GANAR UN POCO....

“Este año sí…" Eso fue lo que mi papá repitió durante 53 años, pero su equipo del alma, “El Poderoso”, nunca le dio un título en vida. Creo que cuando tenía como 2 años, cuando el equipo quedó campeón, pero si no tienes uso de razón no vale, no importa.
Así que le tocó vivir con la sumisión del perdedor y morir con la ilusión intacta. Y sin embargo, nunca perdió la fe.
Amó a su equipo como una madre quiere a un hijo bobo. Aguantó cual martir burlas de todas las calañas, y se enfrentó a “malandros verdes”, para defender el honor de un equipo tan mancillado como perra callejera.
Negaba que su equipo tuviera “La Maldición del Garabato”, porque solo creía que había racimos de gente como él; que nacen para sufrir. “Perder es ganar un poco”, dijo Francisco Maturana. Papá lo sabía, y por eso decidió que tenía dos equipos para perder: su adorado Rojo y la selección nacional de Colombia, a las que juró la fidelidad de quien jura a la bandera.
Para sentirse ganador, buscó consuelo en un mundo de quimeras; habitado por las leyendas del fútbol mundial, a las que adoraba con mística. Mostró una terca fascinación por las causas perdidas, y por aquellos seres signados por la adversidad, que lograban gambetear a la fatalidad.
Solía decir que el mejor jugador de fútbol, de todos los tiempos, tenía la pierna izquierda inclinada hacia adentro y la derecha 6 centímetros más corta. Aún así jugaba con más alegría que Pelé y más magia que Maradona. ¡Y ay de quien osara contradecirlo!
Como mamá decía todo el tiempo que el viejo exageraba las cosas, yo no le creía, a pesar de ser un niño que creía en Superman. Hasta que una tarde, cuando le conté a mis amigos lo que papá me dijo, me miraron indignados. Les parecía increíble que no supiera nada sobre Manoel Francisco Dos Santos, ¡Garrincha!, “el pájaro feo”, el niño pobre que venció la polio, por el que no daban ni un cruzado y le dio 2 títulos mundiales a Brasil; el rey de la banda derecha, el de los regates y las fintas, el mismo lisiado que hacían chocar a sus rivales y reir a la gente; el mejor payaso de ese circo llamado fútbol.
Desde ese momento comprendí que papá era el juglar de un mundo maravilloso, hasta entonces desconocido por mi; un niño enclenque, con los ojos cuadrados de ver televisión, asmático y fóbico al deporte.
Experto en derrotas, la mayor decepción de mi padre fue que nunca le manifesté, como el resto de los niños normales, mi intención de ser futbolista. Recuerdo que trató de inculcarme la afición de patear una pelota. Pero no tardó en desistir ante los berrinches que le hice cuando quiso alejarme del televisor. “Déjalo, que el niño, por su propia cuenta, te va a pedir que jueguen”, intercedía mi madre. Pero el viejo se quedó esperando.
Frustrado por mi indiferencia, trató de hacer que el fútbol me entrara por los ojos. – Cada Domingo en la tarde, pegaba la oreja a un pequeño radio de transistores. Hacía tanta fuerza que terminaba con tortícolis de violinista-, pero entonces, quiso ver los partidos en la tele conmigo. Trató de jugar en mi propio terreno, pero cuando me cambiaba el canal, yo estallaba en berridos de mono. Mi mamá, dejaba de coser y lo regañaba. “Dejá de presionar al niño”… Y él se marchaba a escuchar el radio, solo, en el patio trasero. Y sin embargo, no se rindió.
Días después, apareció con un álbum para que lo llenáramos juntos. Pero de nuevo le colmé la paciencia. Empapelé el baño con “Caramelos” de 86 jugadores; incluso me compró el uniforme de su adorado Rojo, pero como esa camisa era sinónimo de perdedor, preferí vestirme de marinerito, al gusto de mi madre, así quedara en duda mi incipiente virilidad. Hasta que dejó de insistir.
Se tornó lacónico, irritable y amargado. Las pocas veces que me hablaba, solo me decía: “Estudie mijo, que si no puede ser futbolista al menos que sea doctor”. Entonces me escrutaba en silencio. Él, un administrador de cantinas y exdefensa de su adorado equipo en sus años mozos, siempre guardó la esperanza de transmitir esa pasión que le hervía la sangre, pero estaba derrotado por ese niño que era yo.
Parecía como si el destino se opusiera a sus anhelos, hasta la noche en que llegué a la sala y le pedí que me hablara más sobre ese tal Garrincha. Esa fue la única vez que vi llorar aquel gordo bajito y calvo, de barba roja.
Para celebrar, papá se pegó una borrachera descomunal la noche siguiente. Cuando abrí la puerta de la calle, lo encontré tambaleando, sonriente y sin camisa, mostrando su enorme barriga. Tomó aire para recibir la cantaleta de mamá. “¿Cuál es el ejemplo que le estás dando a tu hijo?”, le recriminó. Pero el viejo no le contestó. En cambio, me soltó una historia en letra pegada de borracho…
Durante el Mundial del 58, en Suecia, Garrincha compró un radio muy caro. Mario Américo, el masajista de la selección, le aseguró que ese aparato no le iba a servir en Brasil, porque solo transmitía en sueco. Garrincha, ingenuo, se dejó convencer por el taimado masajista y le vendió el radio por una miseria.
“Esta noche tu papá perdió la camisa en una apuesta de fútbol,- me confesó el viejo,- ¿Y sabes por qué perdí?... por lo mismo que Garrincha… por guevón, pero vos vas a ser más vivo que nosotros”. Me mató el ojo, miró a mi mamá y le dijo: “Ahí está mi ejemplo, mujer”.
De ahí en adelante, se afianzó en nosotros un vínculo tan entrañable como el del arquero y su pórtico. Comenzó a aderezar mis noches con historias increíbles sobre jugadores míticos… Llegué a creer que el Caimán Sánchez era un ser mitológico con cabeza y torso de cocodrilo y piernas de delantero, medias abajo y guayos raspados. Me narró por entregas cada uno de los mundiales, donde el sueño de Babel era posible. Y me reveló lo impensable. Nuestra selección Colombia ya había estado en el Mundial del 62…
De pronto, viajo en el tiempo. Los nuestros pierden contra Rusia tres a cero, a los 11 minutos. Un gol siquiera parece una hazaña. El legendario Lev Yashin, la Araña Negra, ha tejido una red impenetrable en su pórtico. Cuando todo está perdido, nos acordamos de jugar y viene el primer gol. ¡Si se puede, si se puede! Ellos no se amilanan, bailan de nuevo su polea, pero llega el segundo nuestro. ¡Los milagros existen! Tiro de esquina y Marcos Coll se inspira, lanza una comba irreal. Gol olímpico, el primero, el único hecho en un mundial. ¡Dios es Colombiano! Pero luego se vendió a los rusos como buen colombiano. El cuarto gol de los rusos desvanece nuestras ilusiones. Como buenos patriotas aceptamos la derrota. Un tal Klinger anota en el minuto 86. “Perdimos 5-3” le digo a papá. Pero no, Klinger es colombiano, quien lo iba suponer con ese apellido. Empate agónico. 4-4 para la historia. Desde entonces, dice papá, los rusos juegan con una camisa marcada con las letras CCCP: “Con Colombia Casi Perdemos”.
A partir de aquella noche le exigí que me hablara de esos años cuando nuestro fútbol fue un tesoro de excesos y despilfarros, de capos mafiosos, exportando marimba para traer jugadores. Los gloriosos años de El Dorado. Pero mi mente infantil solo imaginaba aquellos torneos como gestas de gladiadores, donde pequeños David evadían hordas de agresivos Goliats con jugadas sobrenaturales, y terminé por pensar que el cielo tenía forma de estadio. Hasta que una tarde Papá me llevó a conocer el cielo.
Su adorado equipo, El Poderoso se enfrentaba al Nacional. Me preparó para la ceremonia. Me habló de las posiciones y funciones de cada jugador, me dio estadísticas de las nóminas de su equipo, y me instruyó sobre las reglas, faltas y penalidades. Preparó mi alma nueva para recibir la gracia bautismal del fútbol, en un día de clásico.
Aún me parece ver a Mamá conmovida, pidiendo pollo y diciendo: “Es que su papá fue bat center”, y luego pregunta que es un bat center. Papá y yo reímos, cómplices, como miembros de una secta secreta. Papá se pone sentimental y me confiesa, con lágrimas contenidas, que hubo tiempo en que fue flaco, le sobraba pelo y jugaba en la profesional, - difícil de creer- pero así fue.
Le llamaban “El Oxidado Saldarriaga” por pelirrojo. “Pero no era defensa, me aclara, los defensas son destructores; él fue bat center, con gol”. Jugó para su equipo del alma, que por aquellos días era patrocinado por Vicuña, una textilera de judíos, donde trabajaba; jugaba en el equipo de una textilera igualito que Garrincha.
Según papá, pudo ser el mejor bat center de su época, pero fue una promesa truncada por la pata de la Muralla Castillo, un negro de dos metros del Millonarios, traído de Tumaco para apagar estrellas. No quedó sirviendo ni para probar guayos.
Pero eso es historia patria. Ya estamos en el estadio, en pleno clásico, Las tribunas están atiborradas de gente de todos los pelambres. Nunca antes había visto tanta gente reunida. Antes del pitazo inicial papá me dice: “Ahora vas a ver al mejor equipo del mundo: El rojo”. Pero esa tarde, quien se robó mi corazón fue el verde…
El equipo era un relojito, los jugadores piezas de precisión. Artesanos pletóricos de la misma magia con la que papá me había ilusionado cada noche. Y aquel gol. El primer gol que vi en el estadio, saboreado en vivo contra el rojo, me convirtió a Sapuca en una leyenda. Tejido desde el medio campo, con pases cortos. Una finta del defensa que recupera, ¡Qué mago, ni la vio!, comienza el contrataque, una gambeta del lateral sobre la banda derecha, ¡lo dejó sin cintura!, la recibe el creativo, ¡Vamos maestro! Y un túnel al volante de contención, ¡Ponéte los calzones!, le gritan al volante rojo. El desborde del 10, evadiendo más rojos, ¡Mirá al petizo que esta solo, levantá la cabeza, soltala! Pase al vacío. El puntero izquierdo recibe de pecho, fabrica el espacio, se viene el arquero rojo al achique, y él quiere hacer una demás, ¡pateá, no la amarrés, mirá que vienen con guadaña por detrás, pateá Y patea. El tiro que por poco se va al palo de mangos, el arquero rojo vuela de palo a palo, se estira, parece que lo va a sacar con la mugre de la uña, pero no, el balón pasa rozando la esquina superior derecha del transversal, rompe la telaraña y GOL. Me levanto como un resorte, con las manos levantadas en señal de victoria. Un aullido me sale de las entrañas, definitivo, implacable, irreversible: ¡Gol!
Entonces me doy cuenta que papá se toca la cabeza. De pronto me descubro en medio de un mar rojo de cabezas gachas y expresiones agrias. Mi papá me toma del brazo y me sienta. “Siquiera estamos en cachucha, porque en gallinero nos matan, - y me advierte- Solo se canta el gol del rojo”. Le pregunto por qué… “por salud mijo, por salud”, me dijo, tratando de excusarse ante sus demás copartidarios, que lo miraban con reproche. Entonces se levantó y gritó: ¡Vamos Rojo, vamos a ganar!
Pero ese día los únicos que pudieron brindar a su salud fueron los verdes. Tres goles, tres veces. Y no hubo milagro que valiera.
Al ver la cara de mi padre, entendí que el estadio también puede ser un infierno, al que se va voluntariamente.
La complicidad con mi viejo acabó con el pitazo final. Al regreso a casa no me dirigió la palabra, quizá intuyendo que la pasión no se enseña. Las semanas siguientes trató de evitarme. Volvió a la bebida. Me cansé de esperarlo y entendí su silencio.
Me sentí responsable, pero qué le iba a hacer, mi sangre ya estaba teñida de verde. Entonces trate de resarcir el daño de la única forma posible: jugando fútbol.
Desempolvé los viejos guayos que el viejo me regaló y salí a la cancha del barrio para enfrentarme a mis miedos. El recibimiento fue el esperado. “Miren quien vino, el mariquita que no juega al fútbol… Ojo te quebrás, galleta”. Tomé valor y esperé que los generales de cada equipo escogieran su regimiento. Pico, monto, pico y escoge Sanín. Escogieron a Correa, Martínez, Sosa, Echeverri y todos los demás apellidos. Me cansé de esperar, sintiendo la humillación de los excluidos. Sólo quedamos Cardona y yo. El “Relleno” Cardona era el dueño del balón. Y yo…
“A la defensa”, me indicaron con muecas repelentes. Allí entendí la frase de papá de que la defensa era la bodega de los troncos. Por eso, desde ese mismo momento, me empeñé en ser bat center.
Sólo recuerdo el pánico que sentí cuando la mitad del otro equipo venía en bloque moviendo el balón, abriendo la cancha, evadiendo barredoras de volantes y laterales. Como una avalancha. Luego los gritos de los rebasados nuestros, caídos en combate y las indicaciones del portero para detener al delantero. “No lo dejen patear, a los tobillos” Pero qué tobillos, ni que cuentos, hay que esconderse. Y no alcanzó a voltearme cuando recibo el batacazo. Siento un quemonazo en la cara. El delantero se ríe y a mi me dan ganas de llorar. Quiero salir corriendo pero eso es lo que todos esperan de mi. Así que se la paso al arquero y digo victorioso. “Juéguela”.
Lo demás fue una experiencia religiosa. Me cansé de pedir a la divina providencia que no me pasaran el balón. Que ningún delantero llegara por mi punta. Que no hubiera tiro libre para no tener que pararme en ese ignominioso paredón que es la barrera. Y si tocaba hacer barrera comenzar a repetir para mis adentros: “Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, y que un balonazo no me dañe de por vida… ¡De los golpes bajos, defiéndeme señor! Oré con devoción porque no hubiera corner para no tener que marcar cuerpo a cuerpo, y me encomendé a todos los santos, para que no se hiciera borbollón en el área, pero hubo de todo eso y más…
Como los partidos de calle no se juegan por tiempo sino por goles, padecí una eternidad. Para mi fortuna y mi desgracia, en el último gol me lucí.
Veníamos de un toma y dame intenso. Gracias a la habilidad del “Conejo” Martínez, un niño dientón que se sacaba a todos en una baldosa, y de la “Pulga” Zambrano que se echó el equipo al hombro, logramos empatar. El que haga el último gol gana. Aquella frase fue para mi como una sentencia a muerte. Cuando se vino de nuevo todo el equipo contrario lleno de mamones, más grandes que todos nosotros, traté alejarme del arquero lo que más pude. Me hice a un lado del área. Pero otro defensa de mi equipo rechazó. El balón llegó a mis pies. Veo entonces que todos esos gorilas se vienen contra mía. Para evitar una patada cerré los ojos con todas mis fuerzas, y chuté como jamás me creí capaz. Abro los ojos y el balón entonces comenzó a trazar un chanfle monumental. Zurcó el aire. Una curva de exposición bañó al arquero. Gol. Mi primer gol en la vida.
Entonces vine a comprender lo que significa hacer un autogol, cuando escapé de una copiosa lluvia de rocas propinada por los miembros mi equipo. Antes de irme juré vengarme… con la firme intención de no volver a jugar fútbol nunca más.
Como jugador, el fútbol no me necesitaba a mi ni yo a él. Mi prematuro retiro de las canchas no solo era una contribución para preservar la dignidad del fútbol, sino una acto de sensatez para preservar mi salud. Ahora entendía las sabias palabras que mi papá me dijo en el estadio.
Regresé a casa como un Nazareno; raspado en las rodillas, morado en los muslos, la cara hinchada y roja por el balonzao, ampollas de carne viva en las plantas de los pies y la ilusión de resucitar intacto al otro día. Al verme mamá me creyó víctima de malandrines.
Busqué consuelo en papá pero su silencio ardió más que el mertiolate. Y como no volví a jugar. Jamás volvimos a hablar de Fútbol.
Para llenar su vacío paternal, el viejo adoptó a un chico de tenis rotos, al que le llamaban irónicamente “Sapuca”, por su chanfle brasilero y un pique del demonio. Pero cuando papá movió influencias y pasó un billete para que su “Sapuca” jugara en el equipo de ascenso del rojo; a su “promesa” lo metieron en la correccional por robar carteras en el Centro. Así despilfarró papá sus últimas esperanzas de ser manager de un niño futbolista.
No obstante, nunca claudicó en su anhelo de hincha. Siguió yendo al estadio solo, hasta la tarde en que su Rojo fue campeón por cinco minutos. Los jugadores hicieron lo suyo, ganaron de local. Recibieron collares de arepa, y se pegaron radios de transistores a sus orejas. Se unieron al silencio del estadio que esperaba el pitazo final en Barranquilla. En el último minuto el Junior, que iba empatado y tenía los mismos puntos que el Medellín, anota. Papá cae al suelo, con el corazón infartado de hacer tanta fuerza. Era la peor decepción de su vida. Estar tan cerca… haber arañado el título y no conseguirlo. Pero lo peor era que el presentía que era su última oportunidad.
Después de eso el médico le prohibió las emociones fuertes y no pudo volver a su templo dominical. Un año después, en noviembre, papá murió.
Antes de agonizar, luego de 20 años, volvimos a hablar de fútbol. “Se acuerda de la primera vez que usted jugó fútbol”, me dijo. Cómo no me iba a acordar. “Ese día no le dije nada porque tuve miedo de que repitiera mi historia”. Entonces me contó su mayor secreto. Guardado y añejado durante toda su vida:
“La verdad es que yo jugué en la profesional solo un día. Nunca me dio el fútbol para ser volante pero qué pata dura la que tenía. Después de “La Viga” Arrieta, yo era el mejor defensa central del Rojo. Así que espere mi oportunidad en la banca seis meses y la tuve justo en la semifinal contra el Millonarios. La Viga salió por fractura de Peroné y entré a la cancha en el minuto 75, cuando el partido iba 1 a 1. Aguantamos la pata de los Paraguayos importados hasta el minuto 83. Fue entonces cuando ocurrió. Los teníamos encerrados en su área. El volante de contención de ellos hace un rechazo. Pica el delantero de ellos y coge a nuestro arquero salido. El arquero salta esperando un sombrero, pero el puntero lo engaña y suelta un tiro flojo y lento. El balón sale rodando despacito. Pero no hay problema, yo soy el último jugador, y espero custodiando el pórtico. Cuando veo que el negro Zúñiga me la pide arriba sin marca, tomo impulso para darle de primera a la pelota y entonces… entonces, le pego a la gramilla, me jodo el tobillo y el balón sigue de largo, lento hacia el gol de la derrota. Esa fue mi lesión de por vida. Hay muchas formas de hacer un autogol, pero esa es la peor. Y todos los días he vivido con ese tormento, porque nunca, nunca estuvimos más cerca del campeonato, ni siquiera cuando quedamos campeones 5 minutos”.
Tal vez, esa confesión fue la única cosa que le faltó para morirse tranquilo, o quizás al revivir ese momento, su corazón no resistió. Pero se puso rojo como su equipo adorado y comenzó a respirar entrecortado. Yo no supe que decirle y le solté lo primero que se me ocurrió. “Tranquilo viejo, que este año sí”.
“Claro, este año sí”, me dijo y sonrió cuando las enfermeras llegaron a estabilizarlo.
La única herencia que me dejó el viejo fue el amor por el fútbol, así no lo juegue. Y como pasa en el amor sentí las mayores alegrías y tristezas que he tenido. Tuve el privilegio de ver la mejor generación de jugadores que ha dado mi país. Sufrí con las tristes huellas que dejamos en la historia del balón: el gol de Robert Milla, de Camerún, a René, el único arquero líbero de los mundiales; la muerte idiota de Andrés Escobar, “el caballero del área”, el mejor bat center que dio el país en su historia, el único jugador asesinado por un miserable autogol en un mundial. Pero también gocé con las locuras de Higüita, y su arrogante escorpión en Wembley; la serena genialidad del Pibe Valderrama, sus jugadas en una baldosa y sus pases de profundidad como hechos con la mano; los desbordes de Usurriaga, que nos clasificó al mundial frente a Israel; los quiebres de cintura del Tino Asprilla y sus goles de antología en el Parma, televisados todos los domingos por la mañana. Celebré la primera copa libertadores confeccionada por los criollos del Nacional, todos calidosos y únicos… Y nunca olvidaré la emoción del gol ordeñado de la Espiga Rincón a la selección Alemana, campeona en el mundial del 90, cuando todos los tíos se habían ido, decepcionados de Colombia y yo fui el único que esperaba un milagro frente al televisor. Pero la mayor alegría que me ha dado el fútbol, fue ver campeón al Poderoso, al rojo, al equipo de mi viejo después de 54 años de derrotas consecutivas.
Papá no pudo celebrar: murió un mes antes de un ataque fulminante al corazón, en la Clínica León XIII. El día anterior a su deceso pidió ver el partido de Medellín. Y ya sin voz, sin alientos, me dijo: “Este año sí”. Testarudo como era, mi viejo no se equivocó. No se equivocó porque ganó su persistencia al creer lo mismo en lo que creía cada año, férreamente. Tal como lo profetizó con terquedad de una mula, murió teniendo razón. Aquel año los rojos por fin pudieron gritar a los cuatro vientos: “Este año si”.
Y ese título, fue para vos Augusto.

viernes, 5 de marzo de 2010

Tocó...


Abro los ojos de golpe. La luz inunda mi pieza. ¿Qué día es hoy? Jueves otra vez. Me cogió la tarde. Busco el pantalón en el piso. Meto la mano en el bolsillo y saco el celular. Nada. Descargado otra vez. Me levanto de un solo tirón para prender el televisor. Verifico la hora en el noticiero de RCN. 7 y 50 de la mañana… Resumen de los titulares del día: Sigue en vilo el candidato que apoyará el Presidente para reemplazarlo… Continúa el paro de transportadores en Bogotá. Y yo debo estar en la Universidad de Medellín para dictar la clase de Guión a las 8. Tarde otra vez…

Eso te pasa por ponerte a escribir cosas para tu blog hasta las 3 de la mañana. ¡Pasé bueno! Pero nadie te paga por eso. Nadie te lee; me recrimino, busco aterrizar y poner los pies sobre la tierra.

Ya no alcanzo a llegar, me digo mientras prendo un cigarrillo. Si no estuvieras fumando ya estarías vestido; alboroto la ansiedad como si fuera un hormiguero; despierto la culpa y me doy impulso.

Y sin embargo, me dan más ganas de no ir. El martes digo que me enfermé, imaginó el pretexto… Estoy cansado de dar excusas para ocultar que siempre llego tarde. Ya nadie me cree. “No es que no podás llegar temprano, es que siempre te la ingenias para llegar tarde”, recuerdo que eso también le decía Sammy a Romero… ¿Por qué siempre la pensás tanto?... ¿Será que alcanzo a llegar?...

No hay tiempo para bañarse. No me voy a ir sin bañar… eso se nota. Voy a estar a frente de 20 estudiantes con el pelo aún mojado y cara de dormidos. Me quito la ropa mientras camino, ¡Como superman! Prendo la llave. Baño de Gato. Ya no hay jabón. No importa. Salga de la ducha, no se quedé ahí contemplándose en ese chorro delgadito y caliente. Tampoco hay toalla. Suba a la terraza, así, bien bonito, en pelota y chorreando agua por toda la casa. La toalla está empapada. ¿A que horas llovió?... Apúrele. Séquese con la camisa de ayer. Qué pereza, no queda uno bien seco. Eso le pasa por descuidado. La camisa apesta a cigarrillo. Hay dejar de fumar. Un día de estos. Quedo oliendo a sudor trasnochado.

No piense. No hay ropa interior limpia. Póngase los de ayer. Pero los de ayer son también los antier. No hay más. Quien lo manda. Póngase el mismo pantalón de ayer, es bluyin y no se nota. La primera camisa que coja; así no combine. Sólo hay arrugadas. Tenés que llevar la ropa a lavar donde tu mamá. Valiente gracia vivir solo, sin lavadora, dejando que la mamá todavía le lave a uno los calzoncillos. No importa. Échese desodorante. Manche la camisa con el roll-on. Échese talco. No hay. Hay que comprar talco… hay que comprar mercado para llenar esa nevera alguna vez, sino pa´ que nevera, no hace sino gastar luz.

Acordate que tenés que pagar los servicios antes de mañana porque ya van dos meses y te los cortan. Hay que pedirle plata prestada a mi mamá… Eso lo resolvemos cuando vaya a almorzar a su casa. Si es que vas. Llevas dos semanas sin pasar por allá y a duras penas la llamás.

Después nos lavamos los dientes. No hay tiempo. Qué vergüenza, ese cepillo ya parece un soco de escoba y por mucho que exprimás ese tubo de crema dental, ya no da para más.

Coja la carpeta, cual de todas es… ¿Otro cigarrillito? Me río de mi.

Deje la cama sin tender. Baje las escalas y corra al carro. Caca de paloma en el capó. Malparidos pájaros me la tienen velada. Saque las llaves. ¿Las llaves?

Devuélvase. Suba las escalas. Entre a la casa. Busque las llaves en pantalón… No están… Mire bajo la cama. Pues ya pa´que ir… ya no alcanzo. Las llaves… Por fin.

Baje las escalas. Corra al carro y súbase. No hay tiempo de poner el radio. Dele “estarte”. No prende. No hay gasolina. Tenías que tanquear gasolina ayer por la noche, cuando volvías a la casa. Con qué plata. Vea a ver si le prende en gas. Bombee el tanque, húndale el “cloch” a ver si de pronto. Dejá de ronronear carro malparido y prendé. Enciende el carro. Queda un puntico de gas. ¿Será que me da para llegar?... ¡Acelere!

No se vaya por la ochenta. Hay mucho taco. Coja el atajo. Suba dos cuadras, váyase por la canalización… Espere que pase los carros… Un carro, dos carros… ocho carros. Qué pasa… por aquí casi nunca suben carros… Mire hacia abajo. Cierre en la avenida 80 por trabajos. Desvío. Hombres trabajando. Disculpe las molestias. Eso te pasa por salir tarde. Siquiera no me fui por la Ochenta. Un día de estos te va a dar un paro cardiaco por tanto acelere. Concentrémonos. Cual es el tema de hoy. La línea argumental, la historia arco. Por fin… acelere. Suba por el colegio, cuidado con esos niños, pare… Mire a estos donde les da por pelear… Pasen pues rápido cagones de mierda. Arranque… Nononono… espere que pase esa viejita. Justo lo que faltaba. Pito de taxista atrás. ¡Que querés que haga cabrón, le paso por encima!...

Voltee a la derecha y siga hasta el semáforo de la 30. Hágase detrás del tercer caro para el giro a la derecha. Este semáforo nunca dura en verde… ¿Será que alcanzo? Más bien vaya ganando tiempo… Historia arco y qué más… No sé. Ahí veremos… Mire el semáforo… ¡Verde!... que no cambie que no cambie… Amarillo. El tercer carro apenas arranca. Apurale pues Guevón, y me siento como el taxista de atrás. Rojo. No importa, rápido, voltee a la izquierda por la 30 para arriba. Mire el semáforo que viene. Está en verde… Éste como se demora en rojo… ¿Qué horas serán? Ocho y que… Métale toda… Que siga en verde, que siga en verde, que siga en… ¡Rojo! Maldita sea. ¿Será que me lo robo? Adelante un poquito y hágase el bobo. Espere, espere… Frene en seco. UF casi me da esa volqueta. Hágase el bobo. No le responda. Piense: “Más lo será la tuya, gran malparido”. Bueno, ya casi llegamos… siquiera vivo a 5 minutos y tengo carro… Unas cuadritas y ya…

Haga cábalas. Que llegue a las 8:15, deje el carro frente a la universidad. Maldito pico y placa, me toca justo los días que doy clase y no me dejan entrar a la universidad. No importa, deje el carro afuera. Donde siempre. Aprete el culo y apure el paso. 8 y 20 que llegue al bloque 15. Y entre al salón de clases como bravo, saque el marcador y comience la explicación de una… Cual es el tema de hoy… Ah si la línea argumental… antes de empezar diga que el carro se le varó, que qué pena pero que esto no va a volver a pasar, aunque siempre pasa.

Y yo que dizque iba a tomar la clase de 6 de la mañana, para cambiar la vida de tajo, para vivir como la gente normal, para que el día rinda más porque ya no alcanza el tiempo para tanta vuelta que uno tiene que hacer, para tanta cosa que uno quiere hacer y ya no puede porque el tiempo ya no alcanza. “El terremoto en Chile movió el eje de la tierra 8 centímetros y los días serán más cortos nosecuantos microsegundos”, recuerdo que leí en el home de mi correo Yahoo. Y como va a alcanzar si vivo embolatado. Mejor deje de pensar pendejadas que ya cambió el semáforo y el puto taxista sigue pitando detrás de vos. Dale paso. Ni mierda. Que se aguante, quien lo mandó a salir microsegundos más tarde que yo.

Presione el acelerador. No se puede. Hay un policía acostado, dos, tres, cuatro, seguidos. Qué le hacemos. “Como en todo, hay mucho policía porque todavía hay mucho atarván”, pienso.

Por fin, la portería de la Universidad al fondo. Y allí al frente, una grúa del tránsito está subiendo un carro, mientras otra grúa sale con otro carro del mismo sitio donde siempre parqueás. De pronto, un tráfico, “azulito como pitufo”, dos tráficos, tres, cuatros, cinco tráficos. Maldita sea. ¡Es que hay una convención! Justo les dio hoy por hacer batida. Están alborotados como cucarachas con baygón. ¡Ni que viniera el presidente!, pienso.

Y me acuerdo, como siempre me pasa en estos casos, de aquella calcomanía de los buses: Una rata atrapada en una ratonera, mientras otro ratón le está dando por el culo y una fila de ratones esperan turno detrás. La rata atrapada, dice en un globito: “Cuando uno está de malas, todos se aprovechan”. Así me siento. Cuando uno está jodido lo malo se apeñusca. Hay que parquear como sea. Ya.

De repente, me encuentro a una estudiante, monita, de gafas, que apenas va a entrar a la universidad. Bueno, al menos no voy a ser el único que llega tarde. Trato de parquear en una calle. Profe no puede parquear ahí, se están llevando a todos los carros. Trato de mostrar calma en mi afán ¿Y que es lo que pasa pues?. Es que viene el presidente, me dice. Me río. No puede ser verdad. ¿Y entonces dónde puedo parquear…? Yo no sé profe, yo vengo en bus. Mire, hágame un favor, dígale a los muchachos que me esperen que ya voy. Listo, al menos sé que los estudiantes van a estar cuando llegue al salón. Que no voy a perder la venida.

Deje pensar guevonadas y mejor busque un parqueadero detrás de la Universidad, donde lo parqueaba el semestre pasado. Preguntale a ese man de dulceabrigo rojo, donde podés dejar el carro. No hay espacio. Defiéndase como pueda. Mirá a ver si en esa calle de bajada. Imposible que lo tráficos vayan por ahí… Vas a dejar el carro una hora y media nada más. Y hay uno, dos, tres carros parqueados; si me van a llevar me llevo a tres inocentes conmigo, y me río. Por fin… un espacio. ¡Bendito sea mi Dios!... ¿Qué horas serán?… Como las ocho y media ya… Qué pena. Bueno al menos ya tengo otra excusa… los tráficos casi se me llevan el carro. No, mejor, casi no consigo Parqueadero. No, mejor la primera.

Suba el vidrio. Coja la carpeta y salga derecho. “Y apure el paso mula hijueputa…” No le pusiste seguro al carro. ¿Sera? Seguro que no. No me acuerdo. Deje así. No. Mejor devuélvase. “Recuerde que el seguro de su carro, por ser modelo 96, solo le cubre daños a terceros y no se responde por pérdida o hurto del vehículo”. Vaya que se lo roben a uno pero… ¡A quién se le va a perder un carro!, eso pensás, mientras te devolvés. Sentís mucha rabia con vos por someterte a estos vejámenes. Llegás al carro y, para colmos, si tenía puesto el seguro. ¡Donde mantenés esa puta cabeza!, te volvés a reprochar. Caminás con el pasito ridículo de marcha olímpica. Desde afuera debés parecer un maricón a la carrera, o peor aún, que vas cagado. Mejor deberías correr, se ve más bonito, menos patético.

¿Acaso no estás cansado de que la gente siempre te vea apurando el paso, chorreando sudor en la cara, bufando como un perro viejo, ya sin aliento? No es hora para cantaletas. Llegue como sea a la portería. Andá sacando mejor la lista de estudiantes para demostrar que sos profesor. No tenés carné, porque tampoco has ido a tomarte la foto en el centro en un mes. Y ya no fuiste. Otro semestre sin carné. Por fin la portería.

¡Pero que es esta fila tan impresionante! Por ahí 15 personas, todos con carné en la mano, dicen en el primer cordón de seguridad, los vigilantes. Muestre el bolso, en el segundo cordón de policías. Esto se va a demorar. Hágase el guevón y métase en este huequito, aproveche que esa muchacha está mirando para atrás. ¡Métase! Listo, se ahorró la fila. Muestre la lista de estudiantes y diga lo de siempre: “Soy profesor nuevo… y todavía no me han dado el carné”. Ves que el vigilante te repara. Lo ve es a un tipo con barba, enjuagado en sudor. Te deja pasar. Al menos el descuido de no afeitarte desde hace un mes sirvió para algo.

Con los policías no hay bolso que mostrar porque solo llevas una pobre carpeta de cartón, llena de papeles. Y entonces te acordás… Te ibas a levantar a las 5 y 30 de la mañana a revisar los trabajos de los estudiantes. La noche anterior te habías prometido escribir en el blog, con la condición de que ibas a madrugar para calificar los trabajos que te entregaron hace una semana. Pero la calificación la habías pospuesto una y otra vez, porque apenas estamos empezando el semestre, qué afán, y porque todas las noches siempre fue mejor ver una película Online, gratis, pirateada, ciclo de los hermanos Cohen. Mañana le saco tiempo y califico, te dijiste sin cumplir ni media.

Por fin entramos… en dos minutos estamos en el salón. Sólo falta subir 4 pisos y listo. Se acaba por fin este sufrimiento. Primer piso: ¡Qué manera de sudar… sudás hasta silbando! Hay que dejar las pizzas a domicilio y esta vida tan sedentaria. Mañana madrugo a trotar. ¡Si, como no! Suba las escalas.

¡Si es que hay mucha muchacha sabrosa en esta universidad. ¡Qué delicia todas!, esta es la mata… hasta las feas están bien arregladas y tiernitas para hmmm… Es que a uno aquí no le pagan por enseñar, sino por aguantarse las ganas.

Segundo Piso: Cómo me gusta esa niña monita que se sienta al frente, la de pelo cortico, qué carita, que teticas, que culito, qué pena que siempre me vea tan sudoroso, y con los dientes curtidos y manchados de tanto fumar. ¿Ya tendré alitosis?, ¿será que también me da piorrea y se me van a caer los dientes como a mi papá? Dios no lo quiera. Pero sos igualito: Borracho y dejado.

Tercer piso: Acordate que uno no puede meterse con estudiantes. Qué va… todos los amigos profes se han comido a estas niñas. ¡Ay que Rico! Hasta te han contado que el Decano, el mismo que lo prohibió, tiene su pecado. Qué falta de mujer, qué ganas. Si al menos hubiera plata para putas, pero no… hay que esperar hasta fin de mes.

Tercer piso: Si seguís así te vas a quedar solterón. Hay que dejar esa fumadera a ver si levantamos. Aunque sea una gordita, una feíta pues, esas son las más calientes. Mejor déjese de atormentar, que para desahogos está el You Porn.

Cuarto Piso: No podés respirar. Pero no pare, ya va a llegar. Si no fuera por Uribe no estaría llegando tan tarde. ¡Cómo lo odio! Y recuerdo aquella foto que me mandó Miguel por internet: Uribe sostiene una pistola en su sien. ¡Adelante Presidente!...

Adelante vos cabrón que ya llegaste. Pero… no puede ser. En la puerta está Mauricio… Mauricio qué… el jefe de programa… Mauricio Vélez… ¡Como el presidente Uribe Vélez!... ¿Qué hace aquí…? Lo que me faltaba. Ley de Murphy: “Si algo empieza mal, puede terminar peor”.

Rápido, rápido, inventá una excusa: “Que pena Mauricio,- finge malestar y calma- pero es que se me varó el carro y casi no llego” ¡Ouch! “… Y para acabar de ajustar vos sabés como está la entrada con lo del presidente…! Tranquilo, me dice, mientras me da la mano. Seguro me ve tan sudoroso y agitado que me cree. La verdad es que no. No me cree y se le nota, pero no le importa.

Bueno, lo hecho, hecho está… “Vivir es esforzarse”, como dice Porfirio Barba Jacob.

…¿Y en que te puedo ayudar, Mauricio? “Mirá Francisco. Dentro de la universidad tenemos a un amigo; un profesor de derecho, que se está lanzando a la Cámara de Representantes... -¿Y yo que tengo que ver?, te decís mentalmente. - ... Lo que queremos es invitar a los profesores para que nos ayuden a recoger firmas en esta época (electoral), con sus familiares y amigos, para lograr un respaldo a la Universidad. Vos sabés lo importante que es para “nuestra” institución tener un amigo en esas posiciones y te agradeceríamos mucho que nos pudieras colaborar. Mirá. Aquí te dejo una planilla para que la llenés este fin de semana y me la podés dejar en la oficina el lunes. Espero que entendás la valioso que es para “todos nosotros” participar con proyectos de ley que mejoren la educación y fortalezcan la universidad”.

Listo. Recibí la planilla, que “Lo cortés no quita lo valiente”, como dice tu mamá. Que no se te vaya a salir el revolucho tira piedra de la U de A. “Listo Mauricio, muchas gracias”, ¿Gracias de qué?, ¿De que no te hagan un memorando por llegar tarde? Eso sería mejor, menos comprometedor. Ya tenés que conseguir firmas y ni siquiera ha empezado tu jornada laboral.

Mirá hacia el salón para que le des a entender que esta conversación termina ahora mismo. “Bueno Mauricio, yo voy a tratar de hacer lo posible”… Eso es, salí del paso, con gallardía y nobleza.

“Yo sé que contamos contigo… y mirá, llevate estas tarjetas para que las repartas”… Me entrega un fajo de 20 tarjetas. ¡Y yo que voy a hacer con todo este tarjeterío!, pienso, mientras las miro de reojo: En la esquina izquierda hay un tipo gordo, posando en plano de busto, está calvo, como yo voy a estar yo en unos pocos meses, de gafas, medio sonriente, con chaqueta gris y corbata roja. Frente a él, unos textos:

IVAN DARÍO AGUDELO ZAPATA.

Cámara de Representantes

Abajo el logo del partido Liberal y al frente, un recuadro con el número 105, ambas marcadas con una X. Debajo de cada cuadro la palabra “Marque”

Y abajo el slogan: “¡EDUCACIÓN es DESARROLLO!”

En el respaldo de la tarjeta, el nombre del candidato más vistoso, con los mismos cuadros debajo pero más grandes, sobre un fondo de franjas rojas y blancas.

“Muchas gracias Francisco…Y te esperamos en el acto del Presidente”, termina por decirme Mauricio, igual de cordial.

Por fin entro al salón. Ni modo de tomar lista, sería un descaro. De nuevo les pido disculpas por llegar tarde. Le echo la culpa al presidente y a su operativo. 8:29 de la mañana. Aunque los estudiantes se muestran comprensivos, esta vez no me siento mal por la demora ni por el pretexto. Lo que me revienta es la obligación “voluntaria” que adquirí con la Universidad, aquel compromiso “forzado” con la democracia. Y justo a mi… que ya no creo en nada. Que estoy por nada en estos días. Que a duras penas vivo como vivo. Pelado y de milagro. Sin mujer y antojado de todas; desesperado porque al menos una me pare bolas; la que sea.

Por una mujer, sí que conseguiría firmas, las que fuera… sería capaz de recoger yo solo firmas para una referendo reeleccionista y vitalicio, hasta para Uribe,. Cumpliría todas las exigencias legales que los amigos del presidente no pudieron, y hasta me daría para una Asamblea Nacional Constituyente otra vez. Pero no me pidan que recoja firmas para un político, por favor.

A ver, ¿dígame que político me va a pagar quincenalmente para que no falte el efectivo, qué político me asegura parqueadero dentro de la universidad en pico y placa, que político me va a llamar a las 5 y 30 de la mañana para que me levante a calificar trabajos y que no me coja el día. Dígame quien, Ah? Eso pienso, así de ramplón, mientras empieza la clase.

Con lo orgulloso que soy, ni modo. Hasta me cuesta pedirle prestado a mi mamá para la gasolina. Me resigno a comer pastas con atún, y huevo revuelto, para que no tener que escuchar el sermón de qué para qué me fui de la casa, a sufrir a la calle, si nadie me echó.

Si me cuesta pedírle el teléfono a una mujer; qué voy a andar por ahí, haciéndole mal ambiente a mis amigos... ¿Con que cara voy a pedirles que apoyen a un tipo que no le sabemos ni su programa ni sus mañas. Además los únicos amigos que me quedan son punketos, anarquistas, izquierdosos y apóstatas. No señor, yo no me voy a ganar una pateada de mis amigos por culpa de ese calvo.

Bueno, quizás la familia me de su apoyo... No mijito. ¡Peor! Ni se le ocurra pedirle a sus hermanas que firmen... ¿Para qué? Para que me saquen en cara este “favorcito” con otro favor peor. Mínimo termino en una reunión para vendedores de Herbalive con Alejandra o acompañando a una misa de sanación a Marcela.

Si fuera pobre, de verdad pobre, al menos con un mercadito y un bulto de cemento resolvemos el problema ético. Pero no señor, que conmigo no cuenten.

Y sin embargo, voy a llenar esa planilla, eso sí. Voy a poner todos los nombres del elenco del Chavo del Ocho; como hacen los verdaderos próceres de esta patria, cada vez le piden una firma. Y los voy a poner en orden de aparición:

Maria Antonieta de las Nieves

Carlos Villagrán

Ramón Valdés

Florinda Meza

Edgar Vivar

Rubén Aguirre

Angelines Fernández

Horacio Gómez

Raul “El Chato” Padilla

Roberto Gómez Bolaños

Hasta me voy a conseguir el nombre real de Jaimito “El Cartero”, de la que hacía de Paty, la novia del Chavo, y de su mamá, de la que estaba enamorado Don Ramón. Hasta voy a poner el nombre del ladrón que apareció como en dos capítulos no más.

Luego voy a seguir con todo los nombres de los personajes del Chinche, y de la planta clásica de Sábados Felices, que ya todo el mundo olvidó ¿O alguien se acuerda acaso del maestro Salustriano Tapias o de Eutimio Polanía? Es más, con estos últimos que son colombianos, los voy a poner tal cual: Chinche Ulloa, Mocho Sánchez, Flaco Agudelo y Príncipe de Marulanda, así como suenan. Al fin y al cabo, si los políticos son capaces de poner a votar a los muertos y a recoger firmas a pobres maestros de cátedra, ¿Por qué yo no puedo poner a humoristas a apoyar políticos?

Así que siga la clase. Los trabajos se los entrego la próxima semana y… ¿cuál era el tema?… Ah si, la línea argumental.

Así todos felices. Los estudiantes a sus clases y los profesores a su proselitismo regalado. Porque voy a dejar esa planilla llena, como ningún otro profesor de Cátedra. Es eso o marcar calavera... y quedarme sin trabajo para el próximo semestre. Porque con lo llevado que estoy…. tocó.

jueves, 4 de marzo de 2010

LO QUE TE ROBAN ES LO DE MENOS...


1. TIEMPO:


Las cosas con Natalia no podían estar mejor. Unidos por un amor embelezado, nos manteníamos como siameses, de arriba para abajo. Veíamos las mismas películas, contemplábamos los mismos atardeceres, tomábamos las mismas clases y leíamos los mismos libros, entrepiernados, entrelazados bajo las mismas cobijas. Al caer la tarde, y cuando el sueño nos sorprendía en la calle, ya de noche… también nos hacíamos la misma pregunta, casi al unísono: ¿Tu casa o la mía?

Y aunque fuera la calle nuestro destino, aún así, hubiéramos compartido el mismo lecho de concreto por aquellos días de amor testarudo, exigente, absorbente e insaciable.

Todavía siendo un estudiante, yo trabajaba medio tiempo en la Universidad de Antioquia como comunicador de la Facultad de Artes, y ella también, pero en el Departamento de Extensión Cultural, en el bloque contiguo para acabar de ajustar. Estábamos íntimamente unidos hasta en las sutilizas de la casualidades. Y sin embargo, 4 horas eran demasiado para estar separados en un día, por las inclemencias de una simple jornada laboral; así que a las dos horas, la ansiedad no daba más espera. Impulsado por la necesidad de un beso o un abrazo, yo buscaba algún pretexto para reclamar un receso. De pronto, aparecía en su oficina para retarla: “Nos tomamos un jugo o qué…”

Pero qué jugo ni qué jugo, a mi sólo me bastaba con verla para calmar la sed que sentía por ella. Y lo mismo pasaba con ella. Cuando yo refrenaba mis impulsos, como quien trata de domar un potro arisco, ella no tardaba en llegar desafiante, con un reproche: “Usted es que se cree muy trabajador… acaso no piensa tomarse un jugo conmigo o qué”. Y nos volábamos, sometidos, a merced de nuestras pasiones.

¡Al diablo cualquier obligación distinta del deseo de estar juntos! Así vivíamos aquellos días felices en los que no hace falta ni el aire para respirar porque solo basta el aliento del ser amado. Así vivíamos.

Todo avanzaba viento en popa, hasta que una serie de robos me hicieron perder más de lo poco que tenía. Como estudiante de universidad pública no era mucho lo que ganaba y lo que ganaba lo gastaba con ella y así ella conmigo. Aunque la plata no nos rendía y se dispersaba como arena entre los dedos, no había lamentos ni recriminaciones. Todo era de los dos, como si fuera de uno, como mosqueteros del amor, y así suene muy patético, nunca lo sentimos así.

No escatimábamos en gastos, ni reparábamos en cuentas, cuando de complacernos con comidas exquisitas, fiestas excesivas o caprichos extravagantes se trataba. Y aunque siempre gastábamos más de lo que ganábamos, estaban las mesadas de nuestros padres para completar el faltante. Cuando exprimíamos hasta el último remanente de nuestras raquíticas arcas, pocos días después de la quincena, nos confinábamos en nuestros aposentos, y nos entregábamos dócilmente a actividades más austeras, reposadas y serenas.

Qué no hay plata para salir a rumbiar este fin de semana, quién necesita plata si podemos comprar una botella de vino barato, hacernos unas pastas deliciosas con atún… en tu casa o en la mía… y poner casetes de Tracy Chapman o de Fito Paéz… Qué no hay plata para cine, quién necesita una gélida e impersonal sala de cine si es mejor ver un par de películas de vhs de un alquiladero pirata, unidos en un cálido arrumaco bajo las sábanas. Hasta la televisión, el peor de los programas, la mayor estupidez, adquieren un encanto superior al séptimo arte si nos tenemos el uno al otro.

Lo único reprochable, imperdonable desde todo punto de vista era despilfarrar “nuestro invaluable tiempo” solos, cada uno por su lado. Era una agonía que no podíamos permitirnos y por eso, en los tiempos de escasez, no nos separábamos ni en las obligaciones más tediosas. Con decir que nos acompañábamos hasta en las filas de los bancos, y no se me ocurre nada más harto como ejemplo para demostrar el vínculo tan entrañable que nos unía.

Durante esa época, además de estudiar periodismo y trabajar en la misma universidad, yo también estudiaba Historia en la Universidad Nacional, mientras que ella tomaba clases de Literatura. Lo hacíamos por nosotros, pero sobretodo para hacernos más interesantes, para hacernos más falta, para tener más que contarnos, para tener en definitiva, un torrente inagotable de conocimientos que hiciera fluir, incesante, nuestra admiración y respeto por el otro; caudal perenne del amor mutuo.

Y por eso nos acompañábamos en las bibliotecas a la hora de buscar un libro, discutíamos y revisábamos los trabajos académicos que cada uno debía entregar.

Muchas fueron las tardes en que Natalia me acompañó al archivo histórico del Palacio de la Cultura, para revisar viejos folios judiciales. Invaluable fue su ayuda en la trascripción de copias facsimilares, tratando de descifrar los tipos de letras y abreviaturas de documentos del siglo XVIII, e imitando la caligrafía y arabescos de los textos, a la vieja usanza de aquellos remotos tiempos. Y todo para que yo cumpliera a cabalidad con las entregas exigidas en clase de Paleografía.

También lo hacía por amor; para que esa tediosa labor de escribano no demandara más de mi tiempo, que era “suyo de ella”- como decían aquellos arcaicos documentos.

Sobre todo, más que invaluables, fueron inolvidables, las salidas de aquel confinamiento para encontrarnos con el fin de la tarde en el centro. La vagancia errante sin rumbo por aquellas calles del tercer mundo que nos resultaban modernas y hasta sofisticadas, luego de haber estado sumergidos en la historia pretérita de esta ciudad. Y era una delicia las interminables conversaciones, entre cervezas y copas de aguardiente en bares escondidos de Guayaquil, sobre las felonías que se cometían en el Medellín de aquellos vetustos papeles, y que se siguen cometiendo de manera constante y repetitiva por las mismas gentes.

Ah… cómo olvidar el viaje a pie hasta su casa; ebrios de alcohol y complicidad, acortando camino por el Naranjal hasta Conquistadores. Zigzagueando en medio de talleres mecánicos, como cenicientas antes de la media noche.

Cómo olvidarlo… si fue justo en el Naranjal, donde una noche de esas se cruzaron en nuestro feliz retorno, aquellos ladrones en moto. Las primeras aves de mal agüero de aquella racha de infortunios que me persiguió ese fatídico mes de noviembre.

Jamás se borrará de mi memoria, el momento en que los vimos, a conductor y parrillero, acercarse por aquella calle oscura, solitaria, recién llovida, reluciente de brillos en los charcos. Viniendo en contravía hacia nosotros, mientras les adivinábamos sus negras intenciones.

El susto compartido y contagioso que unió a Natalia y a mi en un solo miedo aterrador, en la misma parálisis que da la impotencia de saberse indefenso, inerme ante dos cualquieras armados y bravucones. Más poderosos con su furia y sus ventajas que cualquier espontánea valentía, que cualquier estúpido arrojo, que cualquier inútil repulsa.

Frente a un fierro en la cabeza no es mucho lo que puedas hacer y menos en una calle desierta y menos cuando peligra la vida de la mujer que amas y menos cuando a una bellaco de esos se le puede ocurrir hacerte lo que quiera, hacerle a tu novia lo que quiera; dar rienda suelta a sus más perversos instintos sin la menor consideración. Por eso, lo único que pude hacer fue ocultar a Natalia detrás de mí, poniéndome como escudo y esgrimir en nuestra defensa, la más triste de las excusas: “No nos haga nada hermano… mire que somos estudiantes de universidad pública y nada tenemos”.

La maleta, la billetera, fue entonces lo que exigieron, azarados, temblorosos, desesperados, mientras el conductor apremiaba al afán, impulsando el acelerador en la cabrilla de la moto, como si fuera un ronco aullido de presión, como si fuera un quimérico insecto hambriento, mitad metal mitad carne, que quería devorarnos vivos.

La maleta no… fue lo que alcancé a responderle sin pensarlo, como un acto reflejo. Inconsciente de que la negativa podía encender aún más su ira, hasta provocarnos una herida mortal. Le di mi billetera, y hasta me quité el reloj de la muñeca como ofrenda para despistarlos. Aunque ya en por esos días a ningún ladrón, por muy miserable que fuera, le interesaban los relojes baratos ni los tenis de la USA.

Y no le podía dar la maleta porque solo contenía papeles; un par de libros prestados de Biblioteca; ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo e Introducción a la Historia de Marc Bloch, unos cuantos cuadernos de notas y más preciado que esto… las transcripciones de tres meses, de tardes enteras, de trascripciones a mano del archivo histórico; el cartapacio con todas las copias originales, las únicas, que reunidas era la nota final del curso de Paleografía, que debía entregar al día siguiente.

Pero lo más triste… era el resultado del trabajo mancomunado de Natalia y mío; papeles que para ellos serían basura inservible, jeroglíficos que seguramente desecharían en cualquier callejón.

“Déjenme abrir la maleta y les muestro que es verdad”, “Al menos dejen que saque la carpeta y se llevan lo demás”, les dije ingenuamente, como última medida desesperada. Y sin embargo, se hicieron los de oídos sordos ante mis súplicas, fueron ignorantes a mis explicaciones, insensibles ante mi dolor, inamovibles ante el forcejeo con el que me resistí, antes de que me jalaran definitivamente la maleta y se marcharan con mi gran tesoro. Un tesoro que en sus manos no era más que un precario botín; el más paupérrimo que pudieron haber robado en su puta vida de delincuentes de pobres diablos como yo.

Tan ofendido me dejaron, que en lugar de agradecerle a la vida que no nos hubieran lastimado después de tan osado y estúpido enfrentamiento, corrí enceguecido por la indignación tras ellos. Les pedí que revisaran los papeles, que me lanzaran la carpeta. Y la respuesta no se hizo esperar. Detuvieron su moto y la voltearon frente a mí, como un toro picado. El parrillero me apuntó desde la distancia y detonó un disparo que pasó rozándome.

Y ellos que se dejan venir y yo que tomo a Natalia de la mano y salimos corriendo hacia el Metro. Estación Suramericana, como almas que lleva el diablo.

Muertos del susto tomamos un taxi y como era de esos días en que andábamos con los bolsillos vaciados, dejé a Natalia en su casa y me seguí para la mía, para que mi mamá me pagara la carrera.

Como es de suponer el profesor de Paleografía, cansado del sumario de excusas de final de semestre, harto de que estudiantes mediocres inventaran y repitieran en cada grupo la misma historia del robo de su trabajo final, no me creyó. Aceptó a regañadientes extenderme un plazo perentorio para el trabajo “completo” cuando le mostré como prueba irrefutable (que para él era una bagatela) el denuncio del robo de mis papeles ante una inspección.

Así me pasé la primera quincena de diciembre; perdido en laberintos burocráticos, enmarañado en diligencias kafkianas para obtener mis papeles, y encerrado en el archivo histórico, mientras todos gozaban de sus vacaciones entre días soleados y bacanales sin fin. Solo, aislado, sin motivación, repetía como un zombie el trabajo de un semestre, añorando pasar al menos una tarde veraniega con Natalia, quien se negó rotundamente a revivir aquel dejavú insoportable.

Como si ya no fuera suficiente con privarme de su anhelada e indispensable presencia, aquellas noches que iba a su casa, exhausto, con la mirada cuadriculada de documentos y los dedos callosos por el lapicero, Natalia me recibía con mal ambiente y me restregaba el mismo reproche por obstinarme en ganar con un tres raspado una materia que bien podía repetir, antes que preferirla a ella.

“Pero no es tu terquedad ni tu desplante lo que más me duele, es el tiempo que nos robaron y nos siguen robando”, me decía con tristeza en sus ojos.

¡Cómo olvidarlo!

lunes, 1 de marzo de 2010

SI YO FUERA OTRO (Final)


Entonces comencé a colgar fotos exclusivas de niños de los semáforos y otros de sus amiguitos de barrios populares, posando en pelota en solares abandonados. Pronto la página comenzó a tener visitantes y al cabo de unos cuantos días, socios como conejos; la mayoría extranjeros que sienten no sé que extraño morbo por los niños pobres suramericanos.

Con este negocio descubrí que algunos ciudadanos del primer mundo son los más extremos. ¿Será el tedio de la opulencia?... en fin, el caso es que llegaron a exigirme fotos de niños en rellenos sanitarios masturbándose con basura. Esto te lo digo porque sé lo mucho que idolatras a esos bellacos y lo mucho que sueñas con irte a vivir al mundo “civilizado”.

Al poco tiempo, mis clientes comenzaron a demandar videos, y como el negocio estaba dando rápidos y jugosos dividendos en euros, invertí todo lo que tenía en la cabañita de Guarne. ¿Te acuerdas de la casucha que compré, rodeada de pinos, en la que tantas veces hicimos el amor al calor de la chimenea? Pues a esa casa viajaba en días hábiles con un equipo de realización de televisión. Me acompañaban un exfotógrafo de eventos sociales, quinces y esas cosas, muy periquero él y sin escrúpulos, acompañado de un muchacho de mala pinta, alcohólico y muy callado, que le hacía la asistencia poniendo luces y manejando el micrófono.

Te confieso que este muchacho me erizaba la piel. Llegué a pensar que me iba a extorsionar e incluso hasta matarme con sadismo. Él no era homosexual, eran sus ojos, una mirada turbia y perdida que ocultaba quien sabe qué negros pensamientos. Pero le hice caso omiso a estas preocupaciones y me dediqué a trabajar.

Viajábamos en una furgoneta blanca, de aquella productora aficionada llamada Dardo Producciones, pintada con un tiro al blanco y un mensaje que decía: “Un acierto en televisión”. Llevábamos dos o tres actores y actrices que hicieron películas de porno a comienzos de los 90 con Michael Spring Danger, único director de cine triple X de Medellín, al que encontraron asesinado en su apartamento, con el miembro en su boca, hinchado y putrefacto.

Y como plato fuerte arriábamos 5 ó 6 niños y niñas por semana, muchos de ellos alquilados por día en barrios populares a madres viciosas.

Grabamos de todo: niños violando de manera inocente a criollísimas divas porno, juguetonas iniciaciones homosexuales inducidas por algunos viejos verdes que contratamos como actores naturales, orgías entre los infantes, prácticas sadomasoquistas de los actores pornos con los niños; todo un jardín infantil para la enseñanza de la perversión.

Para no despertar sospechas en los lugareños de aquella vereda, que casualmente se llamaba “El Placer”, nos presentamos como una productora de televisión que estaba grabando una serie infantil llamada: “Descubriendo mi mundo”. Para eliminar toda clase de suspicacias, invitamos a las viejas más chismosas y a los desocupados más curiosos como público de una falsa grabación. Hicimos un simulacro de una obra de teatro llena de valores y sabios consejos, que sepultó toda duda sobre el carácter pedagógico de nuestro proyecto. También les llevamos anchetas y mercados a nuestros vecinos más cercanos para cerrar con broche de oro.

Con tal de evitar toda intromisión, construí dos escenarios: uno con honguitos, arcoris, unicornios y hadas, que fuera nuestro aparente set, pero que en realidad era la fachada que ocultaba el set verdadero; un cuarto oscuro y sin ventanas, insonorizado con tres capas de icopor, cajas de huevos y espuma, donde pasábamos varias horas al inclemente calor de las luces. Siempre estábamos rodeados de sudorosos niños en pelota, como querubines sin alas, a los que el encierro y el sofoco les importaba un pito, siempre que pudieran jugar Play Station y devorar comidas rápidas hasta hartarse.

Nuestro precario escenario fue para ellos un estrecho paraíso, rodeado del confort y lujos que la vida les negaba. Y todo a cambio de hacerles prometer que nunca le contarían a nadie lo que hacían allí adentro. ¡Ah… fueron momentos dichosos, en los que vivimos la utopía de un mundo pederasta en perfecta armonía!

Tengo que confesarte que este trabajo se me convirtió en una obsesión artística, casi mística. Y como tal le cobré cada vez más duro a mis clientes virtuales, que salían de la oscuridad como cucarachas alborotadas por baygón. Pero insaciables en su gula, siempre me exigían nuevos y mejorados materiales, más carne fresca, hasta niños de brazos. Para muchos me había convertido en un director de culto, en un artista de un exclusivo y furtivo gueto, como Tim Burton, ese director que tanto te gusta.

Pero cuando la experiencia nos garantizaba productos de alta calidad y generosas utilidades, aquel muchacho, Edison, que tanta desconfianza me inspiró, sacó las garras.

Resulta que una noche fui a la cabaña por unos casetes que había olvidado, y lo encontré borracho y empepado, muy loco. Con la camisa manchada de sangre, y más sangre en paredes y pisos. Muerto del susto le pregunté que le había pasado y fue entonces cuando me dijo que estaba probando finura con unos paracos. Me dijo que ya era lugarteniente de uno de esos grupos y que en adelante iban a utilizar la cabaña como cuartel clandestino. “Este será mi cuarto de juegos, - dijo con un tufo que apestaba a relleno sanitario, mientras me encañonaba con una 38.- Aquí vamos a hacer muñecos”, y se rió con una risa enloquecida.

Me puse pálido, comencé a sudar frío y vomité porque creí que me iba a matar. Yo solo pude preguntarle, con voz temblorosa, “¿Y yo que hago con mi niños?”

“Usted va a seguir viniendo al principio de día para no despertar sospechas y luego se va abriendo hasta esfumarse del todo”, me dijo el desgraciado. En ese momento, un par de tipos salieron del set, con delantales de carniceros y tapabocas de siniestros cirujanos. Llevaban un cadáver partido en pedazos, mal envuelto en bolsas de basura negras, chorreando sangre. Y si piensas que esto es grave luego vino lo peor.

“Como la primera acción de la nueva administración vamos a hacer una huerta”, me dijo Edison, mientras me obligaba a sacar aquellas bolsas, a punta de cachazos en la cabeza.

Mientras cavaba aquella fosa me advirtió en cada palazo: “Usted ya sabe que tiene que comer callado porque le pegamos una torturada que no olvide, y luego hacemos que se pudra en la cárcel donde se babean por culiarse a lacras como vos”. Después me pegó una cachetada que me hizo llorar de impotencia…

Días después no tardaron en cobrarme una impagable vacuna que me obligó a cerrar el lucrativo negocio. Y convertida aquella casa de veraneo en sala de torturas, no tuve más opción que proponerle a Edison que le entregaba la propiedad, mediante una compraventa legal.

Al principio el tipo me dijo que yo lo quería encochinar y me pegó aquella cascada que me dejó en cama dos semanas. Sí mi amor, fue aquella vez que te dije que unos sicarios me confundieron y casi me matan.

Pero una noche como a las tres de la mañana, el tipo apareció en mi casa. Siquiera no estabas ahí porque no sé lo que hubiera hecho. Allí fue cuando me dijo, en mi cara moreteada, que aceptaba la casa. Me obligó a celebrar con él hasta la madrugada y a las 8 de la mañana ya estábamos en una notaría para legalizar la compraventa. Di gracias a Dios. Así yo quedaba limpio de toda complicidad y él pareció salir de una culebra que tenía con otro paraco. Esto lo supe porque el mismo Edison me lo confesó embalado de perico, una y otra vez, toda la noche mientras hacía muecas, todo gato.

Al final Edison terminó por robarme todos los equipos de televisión y exprimirme hasta los tuétanos. Pero no solo me fue mal a mi. Gildardo, su patrón, el dueño de Dardo Producciones, tuvo que entregarle su productora con furgoneta y todo, y perderse de su familia para protegerlos…

Sé que como buen cristiano uno no puede alegrarse con la muerte ajena, pero acumulé tanto odio y pánico, que sentí una profunda paz el día que Dardo me contó que habían encontrado a Edison, en la misma casucha, todo descuartizado, con un mensaje en el torax marcado a puñal, que decía: “Esto por cojer lo ageno”(sic).

Lloré muchas noches porque pensaba que todo esto te iba a alcanzar tarde que temprano. Y pensé que estaba acabado cuando la Fiscalía comenzó a investigarme. Sentí que te podría perder sin la oportunidad de explicarte lo que pasó realmente. Y por eso fue que, con todo el dolor de mi corazón, te dije que lo mejor era terminar, porque lo nuestro no iba para ningún Pereira.

¿Recuerdas? Nos distanciamos ese par de meses, privándome incluso del sosiego que me da escuchar tu voz. Esos días sin ti fueron el peor de los infiernos, en el averno que ya estaba viviendo.

Con el avance de la investigación se dieron cuenta que yo había vendido legalmente la propiedad, que no tenía en mi poder ninguna pieza de pornografía (porque quemé toda evidencia), y que los testimonios de los vecinos de la vereda El Placer hablaban maravillas de nosotros (de algo sirvieron los mercados). Incluso me permitieron mostrar unos cuantos capítulos de la serie infantil, pletórica en valores, y de milagro quedé absuelto.

Pero aún así no podía estar tranquilo. Paranoico de una represalia de los carniceros de Edison, pedí que me ingresaran al programa de protección de testigos. Y por eso fue que volví a buscarte con otro nombre, otra residencia y otro carro, aunque también era cierto que mi cambio de nombre, que tanto trabajo te ha costado aprender, también simboliza una nueva identidad para darte una nueva vida, mi amor.

Por aquellos días tuve que disimularte mi bancarrota, pidiéndole prestado al corrupto de mi papá unos cuantos millones. Traté de enderezarme prestando plata a interés diario, con lo que tu llamas agiotismo gota a gota, que detestas porque se desangra a incautos miserables. Ya sé que es reprochable pero gracias estos pobres fue que me levanté, y podremos hacer realidad el matrimonio de tus sueños en Villa de Leyva.

Sé que estás aterrada, pero el asunto no acaba aquí. Debo aclararte que además tengo mis vicios. Todos los días desde los quince años fumo marihuana hasta 10 veces por día. Meto perico todos los fines de semana en la noche, y me pego severas embaladas por épocas, sobre todo cuando no estoy contigo y me deprimo. El bazuco lo consumí durante los primeros 6 meses contigo, pero lo dejé. Vos misma sos testigo de cómo me tenía de chupado y ojeroso. Y lamento haberte dicho que sufría de un extremo caso de parásitos intestinales.

Todo este agite me dejó completamente solo y desorientado. Me ahogué en el alcohol y traté de comerme a las mujeres de mis mejores amigos. Por eso mis únicos amigos son los tuyos. Y en especial tus amigas.

Sé lo que estás pensando. ¿Te estás preguntando por Verónica? Pero te quiero aclarar que con Verónica todo ha sido diferente. Si es verdad que a todas las mujeres las he tratado como putas, tú eres la excepción inmaculada, la reina madre, la madre virgen. Mientras que Verónica… Verónica es la ilusión, el amor platónico, la intocable, la chica que lleva tatuado en el aura: “Peligroso. No abrir”. Y sin embargo, es el tipo de mujer que justo dan ganas de abrir como una caja de pandora.

Lo sé mi amor, sé que esto te suena muy bajo, entiendo que digas que ya no lo soportas más, pero te pido un último esfuerzo para poderte contar todo.

Por Dios y por ti que es lo que más quiero en el mundo, te juro que durante los 3 años que viviste con ella nunca le toqué una mano. Fui el mismo hombre rígido de siempre, todo un caballero, como tú decías orgullosa… hasta ayer…

Por favor, no llores y déjame explicarte lo que realmente pasó. No llores que me dan ganas de llorar y tu bien sabes que cuando lloro no paro. Por favor, amor, aguanta las lágrimas para que veas que a pesar de mis bajezas, solo te he amado a ti en la vida.

Por respeto a ti, durante todos estos años tuve que controlar mis impulsos carnales hacia Verónica, sobretodo en las mañanas en las que ella salía a la cocina con el cabello revuelto, vestida con esos apretados calzones cacheteros y sus diminutas camisillas que sugerían el relieve de sus erectos pezones matutinos. Tuve que hacerme de tripas corazón para no internar mi mano en su jugosa vagina. Porque siempre aguanté en esas noches que bebíamos en tu casa y caías dormida como roca, dejándonos solos.

Esas noches terminábamos hablando de sexo de formas tan intensas, que en más de una ocasión sentía como ella, ebria y caliente, se iba al baño y se masturbaba ante mis lascivos comentarios. Pero nunca nos tocamos. Una sola vez ella traspasó aquel límite tácito que nos impusimos y comenzó a masturbarme por encima del pantalón mientras su lengua viscosa envolvía la mía. Pero aquel día estaba tan exhausto de sexo callejero que la aparté fingiendo prudencia y recato.

Después de eso, ofendida por mi rechazo, no desperdició oportunidades para calentarme cuando tú dabas la espalda. Con excitantes y cuidadosos movimientos me rozaba con sus pechos, me estregaba su culo, su apetecido y generoso culo de potranca mulata, y hasta me acariciaba el pene con suaves roces bajo el resguardo de las sombras, solo para darme casquillo y sacarme de mis casillas. Sus provocaciones llegaron a hacer que pensara en jodérmela, más que a ti, e incluso, víctima de su juego despiadado, iba a tu casa antes de que llegaras del trabajo para incitarla a masturbarse frente a mi. Sólo Dios sabe el vértigo que sentía al saber que podías llegar en cualquier momento; que curiosa exitación me daba verle sus labios carnosos acariciados por sus dedos largos, y que temor me daba sentir el tintineo de tus llaves abriendo la puerta, mientras nuestra Verónica corría al baño con los calzones abajo. ¿Te acuerdas de esos días que llegabas y me metías a tu cuarto de un tirón, al ver la cara de paisaje de tu compañera de alquiler?... Te acuerdas que me decías que desconfiabas de ella porque pensabas que se me estaba insinuando y yo te tranquilizaba diciendo que ella no era mi tipo…Pues eso es verdad; ella, morena salvaje, indómita y deliciosa, gata siempre en celo, despertó mis apetitos pero no saciaba mi gusto y por eso nunca dejé que me tocara, aunque sintiera que estaba a punto de tirármela como un mandril.

Gracias a Verónica recuperé aquel morbo inocente y contenido que creí extinto por mis excesos. Gracias a sus provocaciones renové mi apetito por ti, en quien descargaba las ganas que ella encendía y sin embargo, cuando te hacía el amor, tú borrabas todo recuerdo ajeno. A muchas me las he comido, con otras he experimentado el meloso néctar de los excesos, pero a ti y solo a ti te he hecho el amor. Siempre te hice el amor, sumergido en un placer reposado, contemplativo, profundo y lleno de adoración. Entonces comprendí que uno se puede acostar con cualquiera pero solo se puede dormir con quien se ama.

Y mira el alcance de mi necedad, aún sabiendo esto, ayer, mientras te quedaste dormida viendo aquella película de muñequitos que tanto te gusta, fui al baño y en la puerta me topé con Verónica… Porque sé el dolor que te causa saber que alguien tan cercano te haya hecho tanto daño, solo diré que le tapé su boca y la penetré con furia y violencia por atrás. Y lo hice en el mismo baño en el que tantas veces nos reímos, tu y yo, enjabonándonos.

Fue como una violación consentida, y para que lo voy a negar, fue más intensa que mis fantasías más recónditas. Supe que ya había traspasado el último de los límites y cuando eyaculé comencé a llorar inconsolable como un niño que ha perdido a su madre. Aquel llanto limpió mi espíritu, y la culpa que sentí sólo reafirmó el deseo de estar contigo, bajo tu amparo y resguardo por el resto de mi vida.

Sé que no lo vas a entender, pero aquel momento fue para mi una despedida a mi vieja vida, una bendición que me hizo valorarte como el regalo más preciado que me ha dado la vida. Aquella última traición te volvió invaluable…

Ahora por favor no culpes a Verónica. Ella solo quiso jugar con fuego y salió quemada. Si no te dijo nada es porque yo le imploré que no lo hiciera. Quise asumir toda la responsabilidad. Antes debo agradecerle por lavar mis heridas y darme el valor para confesarte todo.

Hoy estoy seguro, y te lo digo con toda la sinceridad que le queda a este corazón, que mi mayor crimen no ha sido contra ti, porque después de todo eres lo único que he amado de verdad; y si te fui infiel, jamás te fui desleal…

Por eso sé que aparte de las patadas que le di a uno que otro marica, que esa niña de 12 años a la que sometí a mis caprichos, y que los infames robos de agiotista, no son más que pequeños errores. Mi mayor crimen fue lo que le hice a Edison…

No, no es a ti a quien debo pedirle perdón infinito, sino a él… pero qué más podía hacer… ¿Si no lo hacía?... me iba a destruir, te iba a destruir… No sabes cuanto temí cuando llegó aquella noche a mi casa y vio tu fotografía en el nochero… No sabes como me irritó sus amenazas de hundirte en mi viscosa vida… Cualquier cosa que hubiera hecho conmigo me hubiera parecido justo, pero la sola idea de que pudiera hacerte el menor daño, despertó en un mi una sed insaciable que terminó convirtiéndome en un animal resentido, que solo pudo saciar su ira pagando a otros salvajes para tomarse la suya “por cojer lo ageno”… y todo por mantenerte a salvo en tu ignorancia…

por eso te cuento todo, porque su sangre es una mancha indeleble, porque ahora más que nunca necesito saber que me amas a pesar de este error imperdonable, porque solo tu consuelo podrá redimir el dolor que me inunda, por eso solo te pido un abrazo para que llenes este vacío…

En ese momento ella abre los ojos, y despierta. Lo ve a él llorando, sentado en la cabecera de la cama, mientras desliza los dedos en su cabello.

¿Qué te pasa mi amor?, le pregunta ella, conmovida

Nada- responde él, entre suspiros,- solo te veía dormir

¿Y en que pensabas?

Pe… pensaba en lo feliz me haces

Tontico… ¿Y por eso llorabas?

No, bueno, si, pensaba en lo maravilloso que todo sería si yo fuera otro.