(El lado oculto
de Narciso o un atrevimiento de magnitudes mitológicas)
Uno: No hay cuña que más apriete que la del mismo palo,
o la ropa limpia se ensucia en casa, o de cómo el mundo se creó a punta de
darse en la cabeza desde la familia, todos contra todos
En su Teogonía
Hesiodo,-el primer cronista de farándula, que se emberracó a revelar los
chismes e intimidades de los dioses de la mitología griega-, cuenta que Urano
(Cielo) fue engendrado por Gea (Tierra). Luego éste, al ver que sólo había una
vieja por ahí, sin remilgos no dudó en convertirla en su señora. Al Urano
poseer a su mamá, estos dos ya estaban más emparentados que primos hermanos, y
por eso no es de extrañar que de ellos nacieran divinidades ciertamente heterogéneas,
o como dicen hoy en día le salieron contrahechos los muchachos. Estos engendros
fueron los primeros Titanes, una raza de seres enormes y
deformes para los cánones de belleza y los gustos que impone la moda
actual.
Como si ya no fuera suficiente castigo lidiar con su notoria estampa, a
estos Titanes les pusieron de chapas unos nombres extravagantes y llamativos:
los Hecatónquiros, imponentes criaturas provistas de cien brazos y cincuenta
cabezas, lo que hoy llamaríamos manilargos y cabezones, todo en uno; los
Gigantes, criaturas humanoides de tamaño y fuerza prodigiosos, una completas
vigas, pero ah brutos los condenados; y los Cíclopes, gigantes también que
llegaron tarde a la repartición de ojos y apenas les tocó uno y para colmos en
mitad de la frente para disimular; reconocidos además por bruscos, más
temperamentales que medio campista de contención en cancha local, pero
provistos de finas habilidades para la construcción y las artesanías, como
quien dice que aparte de tuertos eran hippies. Y sin embargo, temidos por la
amenaza que representaba su fuerza e ingenio, su propio padre Urano los encerró
a todos en el Tártaro, la única mazmorra capaz de contenerles sus descomunales
rabietas, en lo más profundo del inframundo, donde, sin el auxilio de Bienestar
Familiar ni comisarías de familia, no les quedó de otra que ponerse a
experimentar con la culinaria, y de allí nació la tan afamada salsa tártara que
se le echa a la trucha frita.
Pero no contento con encerrar a su primera camada completica, Urano no
se quedó con las ganas y tampoco perdió el impulso. Buscando la parejita,
siguió arremetiendo contra la pobre y agotada Gea y encargó otra tanda con su
mamá, a ver si esta le salía más pulida. Pero esta vez pensó: “Dios precavido,
se ahorra una demanda de alimentos” y aplicó el primer método de planificación
familiar del mundo. Siempre paranoico, en especial cuando de sus hijos se
trataba, Urano mantuvo a los demás retoños atrapados en el vientre de su madre.
Así que a Gea, harta de soportar las perversiones de aquel aventajado
hijo-marido, se le colmó la copa. Gemía del esfuerzo a más no poder; imagínese
con el cupo lleno de muchachitos, ya crecidos, con edad de votar, todos en
tumulto dentro de la panza, pateando, jugando cargamontón allá adentro y lo más
de brusco. Hasta que finalmente le envenenó la cabeza a Crono, su hijo más
joven, ladino, y de los poquitos que lograron salir, para que castrara a ese
sinvergüenza degenerado de su padre- hermano, y de paso lo derrocara si quería
como ñapa.
Fue así como Crono, al que luego llamarían de cariño Tiempo, no se quedó
atrás; liberó a sus hermanos del vientre materno, inventándose él también la
primera cesárea de la humanidad, y se proclamó rey de los Titanes, con Rea,
hermana suya también, a la que tomó siguiendo la tradición familiar y la
convirtió en su esposa y reina, para mantener el apellido y que la familia no
se perdiera.
Luego Rea engendró una nueva generación de dioses, los llamados los 12
Olímpicos. Así Crono cumplió su sueño de formar un equipito de fútbol de un
solo tirón con aquero suplente incluido. Pero más temprano que tarde el mismo
Crono, que heredó de su padre la psicosis de que le pagaran con la misma moneda
de la castración, prefirió mejor tragárselos enteros uno a uno, como pasante de
aguardiente. Sin embargo, Rea conociendo los antecedentes familiares, sacó las
uñas y logró esconder a su sexto y último hijo: Zeus, dándole a Crono en su
lugar a un potro y una roca envuelta en pañales, que éste tragó confiado.
Mientras Rea, que también tenía sus mañas, escondió a Zeus en Creta y lo alejó
de ser presa del voraz apetito de Crono. Éste se la pasó en el baño un buen
rato a causa de aquel embutido de huelengue, que le cayó pesado. Gracias a
Dios, la piedra con el pañal, le hizo el efecto de sal de frutas, y como el que
reza y peca empata, pronto se recuperó de su indigestión. Luego se prometió
parar la tragadera descomunal de cuanto hijo concebía y empezó a modificar su
dieta a base de carnes blancas y carbohidratos. No fue fácil, luchó denodadamente
contra sí mismo por aplacar esas hambres tan terribles que lo atacaban en plena
madrugada, pero a fuerza de voluntad y sacrificios pronto logró recuperar la
línea y educar el cuerpo para comer sólo pequeños bocados engullidos durante
todo el día, tal como lo recomendaba la revista por suscripción: “God´s Health”
(Dioses Saludables) del último mes.
Cuando Zeus se hizo adulto, en medio de privaciones y estrecheses, dio
rienda suelta al resentimiento que había alimentado contra su padre y la venganza
no se hizo esperar. Le dio a Crono en su punto flaco: lo invitó a tomarse unos
aguardienticos de padre a hijo, y usando un emético, preparado con la ayuda de
su abuela Gea, le obligó a regurgitar a sus hermanos, de ahí que luego le
llamaran a Crono de manera satírica El Pájaro. Entonces, ya envalentonado por
los tragos, Zeus se puso pendenciero, como lo hacía cada vez que se le iba la
mano en copas, y quiso desbaratar hasta el nido de la perra. Liberó a sus
medio-hermanos contrahechos del Tártaro. Convocó a los Titanes para armar una
barra brava, una gallada bien dura de la reserva. Como si fuera un partido de
día de convivencia Zeus puso a hombres y mujeres a jugar por igual, y a los que
estaban chupando banca los exhortó a que le dieran en la cabeza a los dioses de
la liga mayor, de la profesional. Ahí se armó un tropel de raca-mandaca, un
clásico que ni los del Barza-Real Madrid en la Champion League, con todos los
juguetes, al que se llamó la guerra de los Titanes…
Dos: Crea fama y
échate a dormir, o de cómo Hades se avispó luego de que sus hermanos lo
tumbaran, hasta que se robó una sobrina y se encartó
Para la contienda de los Titanes, los Cíclopes, aunque no tenían mucha
perspectiva (por la falta de un de un ojo que le completara el par), si tuvieron
gran visión. Forjaron rayos para que Zeus los usase como arma y le ayudaron en
la guerra para derrocar a Crono y su combo. Estos rayos fueron forjados por los
tres Cíclopes: Arges ponía el brillo, Brontes el trueno, Estéropes el relámpago
y Zeus le dio el sabor. Aficionado a los gallos (gadgets), pinchado y visajoso
como era Zeus, los rayos y las centellas se convirtieron en su arma predilecta.
Esta primera generación de Cíclopes también creó un Tridente que producía
terremotos y mareos para Poseidón; el arco de Artemisa que donde ponía el ojo
ponía la flecha; y el casco de invisibilidad que Hades le dio a Perseo en su
búsqueda para matar a Medusa, que no se le podía mirar a la cara porque uno
quedaba quieto en primera, convertido en piedra al contemplar aquel horror de
hembra. Pero mucho antes de aquel aguinaldo, la noche previa a la primera
batalla, Hades se puso su casco y, siendo invisible, se infiltró en el
campamento de los Titanes y destruyó sus armas. La guerra duró como diez años y
terminó con la victoria de los dioses jóvenes.
De Hades, se ha dicho que es el mismísimo diablo. Pero más allá de estas
exageraciones amarillistas, lo cierto es que es el varón mayorcito de Crono y
Rea, y
hasta buen perdedor resultó. Hades tenía en realidad un
carácter más altruista en la mitología. A menudo se lo retrataba más como
pasivo que como malvado: su papel era prácticamente mantener un relativo
equilibrio, tanto que se pasaba de bobo. Tras lograr el golpe de estado en la
Guerra de los Titanes, Hades y sus dos hermanos menores, Poseidón y Zeus,
subieron de estrato de la noche a la mañana como ciertos traquetos, y
reclamaron el gobierno del cosmos. También como buenos mafiosos, echaron a
suertes los reinos a gobernar. Zeus se quedó con el cielo, Poseidón con los
mares y Hades recibió los restos, el cascajo, la menudencia, es decir el
inframundo; el reino invisible al que los muertos van tras dejar el mundo, así
como todas las cosas bajo tierra. La tierra sólida, desde mucho antes provincia
de Gea, estaba disponible para los tres al mismo tiempo, como herencia de
abuela alcahueta.
De tal suerte que a Hades le tocó en la repartición el inframundo, más
conocida como la neblinosa y sombría morada de los muertos; donde el Vaticano compró
el infierno católico; una parte profunda y oscura del Hades usada como mazmorra
de tormento y sufrimiento, allí descarga a los papas muertos para que coordinen
la logística de los castigos practicados en la Santa Inquisición, bajo la admon
de Don Satanás, como quien dice atendidos por su propietario. Algunos textos
apócrifos afirman que Hades terminó recibiendo estas parcelas subterráneas, ya
que Zeus le hizo trampa jugando al tute en la repartición y que lo mismo
hiciera Poseidón echando los dados a la suerte. Aunque otros afirman que
terminó acreedor de esos terrenos baldíos por su mala cabeza, víctima de su
ingenuidad, a causa de una estafa que se le perpetró cuando invirtió sus
riquezas en una urbanizadora pirata llamada Poseidón. En fin, con estos
hermanitos para qué enemigos.
Achilado, como había quedado Hades, sólo le quedó darle a Zeus donde más
le doliera, y de puro ocioso raptó a su hija Perséfone “la de blancos
brazos” o más conocida como la albina. Sin embargo, Perséfone, independiente
desde muy chiquita, solía vivir muy lejos de los demás dioses del Olimpo,
siendo una diosa medio campechana, dedicada a la vida contemplativa y frugal,
que se la pasaba plantando semillas y cultivando plantas. En la tradición
olímpica fue cortejada por un nutrido combo de dioses, pero ella, más bien
ensimismada y medio rara, rechazó todos sus regalos y más bien se dedicó a
tratarlos de lejitos. Así, llevaba una vida pacífica hasta que se convirtió en
la diosa del Inframundo, cuando Hades se la robó. El caso fue este:
Un día Perséfone
estaba cogiendo flores inocentemente con algunas Ninfas (Atenea, Artemisa, y
algunas Oceánides, en todo caso un aquelarre de viejas tremendo) todas junticas
y semidesnudas, saltando de aquí para allá, gráciles y lascivas, muy casquilleras
las zumbambicas, en el campo en Enna, cuando Hades apareció, emergiendo de una
grieta del suelo, seducido por la fragancia del champú de esencias florales que
usaba la susodicha. Las ninfas fueron transformadas en las Siremas por hacerse
las desentendidas. La vida quedó paralizada mientras la desolada Demeter (diosa
de la Tierra), hermana mayor y esposa de Zeus, buscaba por cielo y tierra a su
hija perdida sin hallar ni prenda. Helios, el sol, que todo lo ve y que resultó
más mirón y chismoso que el propio Hesiodo, terminó por contarle lo que había
pasado, a cambio de una cuantiosa liga. Al enterarse del secuestro de
Perséfone, Zeus no pudo aguantar más la agonía de la Tierra, su mujer por ese
entonces, y obligó a Hades a devolver a Perséfone, enviando a Hermes para
rescatarla. La única condición que Hades puso para liberar a Perséfone fue que
no probase bocado en todo el trayecto, pero Hades la engañó para que comiese
seis (o cuatro, según fidedignas fuentes de los meteorólogos) semillas de
granada, que la obligaban a volver cada año un mes por cada semilla. Desde
entonces Hades instauró lo que se conoce como visita conyugal. En algunas
versiones, Ascáfalo contaba a los demás dioses que Perséfone se había comido
voluntariamente las semillas de granada, ya que se rumora que así fuera feo,
sucio y de bajo mundo, Hades estaba bien dotado y tenía lo suyo, juguetón y
antojador.
Cuando Deméter y su
hija estaban juntas, la tierra florecía de vegetación. Pero cuando Perséfone
volvía a los mismísimos infiernos, la tierra se convertía de nuevo en un erial
estéril o como quien dice más popularmente en un peladero. Fue durante su viaje
para rescatar a Perséfone del inframundo cuando Deméter reveló los misterios
elusinos. Como Deméter era la diosa de la vida, la agricultura y la fertilidad,
descuidó sus deberes mientras buscaba a su hija, por lo que la tierra se heló y
la gente pasó hambre en el primer invierno. Durante este tiempo Deméter enseñó
los secretos de la agricultura a Tríloptemo. Finalmente, Deméter se reunió con
su hija y la tierra volvió a la vida: la primera primavera. Desafortunadamente,
Perséfone por mucho peleó y pataleó, no podía permanecer indefinidamente en la
tierra de los vivos, pues había comido unas pocas semillas de una granada que
Hades le había dado, y aquellos que prueban la comida de los muertos ya no
pueden regresar; como quien dice que se acostumbró a la mortadela, y luego el
jamón serrano le supo maluco. Entonces se llegó a un acuerdo por el que
Perséfone permanecía con Hades durante un tercio del año (el invierno, puesto
que los griegos sólo tenían tres estaciones, omitiendo el otoño) y como buena
madre moderna, liberada y cómoda pasaba en la casa de la suegra del marido los
restantes ocho meses.
Pero en una versión
más antigua la temible diosa Perséfone, como buena mujer no dudó en tomar
posesión de ama y dueña del hogar y se declaró la propia Reina del Inframundo.
Como era tan mandona y cantaletosa, Hades la mandaba donde la mamá un larga
temporada al año, para darse un descansito.
Este mito puede ser interpretado también como una alegoría de los
rituales matrimoniales de los antiguos griegos, por aquello de que un tipo
cualquiera medio caliente, un aparecido, venido de las mismísimas entrañas de
las tierra, huele una hembra en celo, más bien esquiva y malgeniada ella, y le
cae con malas intenciones. En ausencia de su padre y un descuido de la mamá se
la roba de las amigas que le acolitan la fuga, se la lleva para el oscurito
donde nadie los encuentre, y ella ni corta ni perezosa, sin el recato y el
amague de los primeros lances, termina es poniendo las condiciones, las reglas
de la relación y le sale al paso obligando al
tipo a que contraiga nupcias para formalizar aquella relación. Al tiempo
lo involucra chantajeándolo con que si no hace lo que ella quiere le corta los
servicios, “deja de probar la dulce miel de sus encantos y atributos”, y se
obstina en organizar a aquel consorte que promete pero necesita ciertos
arreglos y la mano dura de una mujer que lo haga sentar cabeza. Quizás por eso
lo griegos sentían que el matrimonio era una especie de rapto de la novia de su
familia por parte del novio, y este mito puede haber explicado los orígenes del
ritual del matrimonio. La más popular explicación etiológica de las estaciones
puede haber sido una interpretación posterior. Y si se piensa bien, las etapas
de una relación tiene la misma evolución climática: El noviazgo es una
primavera eterna, un verano candoroso, que con el matrimonio se va volviendo un
frío y desojado otoño, y que por lo regular termina en el más cruento yermo
donde se padecer un desolado invierno.
Casada, lidiando aquel duro matrimonio con Hades,
ya sin sentimientos casi, Perséfone, empoderada como reina del Hades, sólo
mostró clemencia una vez. Debido a que la música de Orfeo era tan
arrebatadoramente triste, permitió que éste se llevase a su esposa, Eurídice,
de vuelta al mundo de los vivos pero como buena mujer le puso un cascarita, una
situación capciosa: la condición de que ella caminase tras él y que él nunca
intentase mirarla a la cara hasta que estuviesen en la superficie. Orfeo
accedió pero falló, al mirar atrás casi al final del viaje para asegurarse de
que su esposa le seguía, y perdió a Eurídice para siempre.
Perséfone también figura en la historia de Adonis,
el consorte sirio de Afrodita. Cuando Adonis nació, Afrodita lo tomó bajo su
protección y fue hechizada por su belleza sobrenatural. Afrodita se lo dio a
Perséfone a que lo cuidara y lo escondiera en el oscurito, para evitar que
cualquier igualada aparecida se lo robara y le pusieran cachos, pero Perséfone
también quedó asombrada por su belleza y rehusó devolvérselo. La gresca entre
las dos diosas fue dirimida por Zeus
quien decidió que Adonis pasase cuatro meses con Afrodita, cuatro con
Perséfone y los cuatro restantes del año solo de vacaciones levantando
muchachos, que era el gusto verdaderamente propio de este apetecido
metrosexual.
Pero hablando de infidelidades, de cachos furtivos,
Hades también tuvo lo suyo. Aprovechó que Perséfone se encontraba pernoctando
donde la suegra y persiguió a una ninfa llamada Mente. Hasta que Perséfone lo pilló infraganti y la convirtió
en una planta de menta “para que chupe”. Perséfone además era el objeto del
cariño de Piritoo. Su amigo Teseo y él prometieron casarse con sendas hijas de
Zeus, más buenas que un sundae de salsa de chocolate. Teseo escogió a Helena,
la más codiciada por rica. La secuestró con la ayuda de Pirítoo y decidió
retenerla hasta que tuviese la edad de casarse. Dejaron a Helena con la madre
de Teseo, Etra y viajaron al inframundo, reino de Perséfone y de su marido
Hades, quien fingió ofrecerles hospitalidad y preparó un banquete. Tan pronto
como la pareja se sentó, las serpientes se enroscaron en torno a sus pies,
atrapándolos. Teseo fue finalmente rescatado por Hércules, quien de paso le
cascó al perrito de la casa al pobre Hades, que solo tuvo para con ellos la
hospitalidad que se le brinda al esconder a un prófugo...
Continuará...
si os apetece más....comentá no más y se os dará...